La ciudad y los días

Carlos Colón

Todos los Santos

HACE 1700 años que la Iglesia celebra conjuntamente a los santos reconocidos que tienen festividad propia y a los santos anónimos de los que no quedó memoria. Hace 1.100 años que Gregorio IV declaró universal esta festividad, fijándola el uno de noviembre. Hace mil años que los cartujos y los benedictinos empezaron a conmemorar a los fieles difuntos el dos de noviembre. Hace 800 años que esta conmemoración se extendió a toda la Iglesia. Que la fiesta estadounidense con raíces céltico-irlandesas de Halloween haya devorado casi por entero, en lo que a las celebraciones populares se refiere, a las fiestas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos quiere decir que somos más superficiales y más imbéciles; que nos hemos dejado arrancar gustosamente tradiciones casi dos veces milenaria para abrazar una estúpida costumbre extraña; que hemos preferido el ruido al silencio, el disfraz al rostro, la fiesta infantil al rito preñado de sentido, el sucedáneo a lo auténtico, la superficial superstición seudo pagana alimentada por los medios de masas y los grandes almacenes a la profundidad religiosa.

Creían los optimistas ilustrados y sus descendientes que si se quitaba a Dios de en medio la razón ocuparía su lugar. Como sucedió cuando el 10 de noviembre de 1793 la catedral de Notre Dame fue destinada por el sanguinario Pierre Gaspard Chaumette (quien un año más tarde fue guillotinado: las revoluciones siempre devoran a sus padres) al culto a la Razón. Pero en el disparate de Chaumette había lección: poco después la catedral se convirtió en almacén. No en una academia, una biblioteca, un museo o un hospital, sino en un almacén. Nos ha enseñado la historia que esto sucede siempre. El vacío de Dios no lo ocupa la razón, sino el negocio y la superstición. No es la peluca de Kant lo que cubre precisamente la calva religiosa de estos tiempos tan dados a la reducción de todo valor a precio, sino las máscaras de Halloween.

Tras la invasión consentida y aplaudida de Halloween late lo que George Steiner llamó "la barbarie de la ignorancia" y "el peso de la ausencia de Dios". Steiner no es creyente, pero tampoco es idiota. Muy al contrario, es uno de los más lúcidos y profundos ensayistas de la segunda mitad del siglo XX. Por eso escribió: "No hay nada que amenace a Europa más radicalmente -en las raíces- que la detergente marea de lo angloamericano. El ordenador, la cultura del populismo y el mercado de masas hablan angloamericano desde los clubs nocturnos de Portugal hasta los emporios de comida rápida de Vladivostok"… Pasando por este mamarracho de Halloween, añado.

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