EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

No falla cuando llega la campaña electoral. Una vez más, el foco se centra en los medios de comunicación, el gran enemigo para algunos, sobre todo para los que solo aceptan la libertad de expresión cuando les conviene. No es que el periodismo o los periodistas no aceptemos la crítica, que es sana y necesaria para mantenerse en este oficio. Nadie va a poner en duda que los medios estamos inmersos en muchas variables externas que condicionan nuestras maneras de hacer, pero precisamente esos retos hacen más atractivo el enfrentarnos a nuestra profesión día a día.

Llevo 12 años escribiendo páginas en este periódico. He tenido varios jefes y dos directores. Ninguno me dijo jamás (y cuando digo jamás es jamás, no una o dos veces, jamás) que si no publicaba esta o cual cosa me iría a la calle. Jamás. Nunca me llamaron a sus despachos para darme una directriz para publicar un contenido sobre alguien y jamás me dijeron que si no lo hacía me echaban.

Curiosamente sí que he recibido llamadas, whatsapp y hasta mensajes por las redes sociales de políticos y asesores varios cuando no les ha gustado lo que escribía. Todos (y cuando digo todos es todos, no la mayoría) han sido hombres. Todos con su poquito de paternalismo (los modernos lo llaman mainsplaining) intentando convencerme de que, hombre, igual lo podía haber hecho de otra manera. Recuerdo especialmente el caso de uno de esos asesores que me metió en un despacho para enseñarme un montón de tablas con datos el día después de unas elecciones porque no le había gustado mi análisis. Al final le pregunté si lo que había publicado era mentira. "No, hombre, mentira no, yo es para que veas que hay otro enfoque". Literal.

Dicen los que defienden esta tesis que los periodistas somos unos pobres curritos, que trabajamos en precario y no nos queda más remedio que aceptar esas imposiciones. Hay mucha más dignidad en cualquiera de esos periodistas que en esos políticos que comulgan con lo que sea por no desobedecer a su líder. Mi experiencia personal es que han sido los políticos y no mis jefes los que más han intentado decirme cómo y qué tenía que escribir. Los mismos que luego se quejan de la prensa manipuladora.

No conozco a nadie en mi entorno más cercano -que no es representativo de todo, vale- al que lo hayan echado por no publicar determinados contenidos. Sí que hemos visto cómo han despedido a trabajadores de determinados partidos por haberse situado en contra del discurso oficial. Pero la culpa, claro, es de los medios, como siempre.

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