Político en cien días

Precariado

Ese precariado tiene los estudios que sus abuelos creían que les sacarían de su precaria condición

Nunca debes acostarte sin aprender una nueva palabra y esta mañana me la ha brindado Iñaki Gabilondo y la serie de artículos que El País ha iniciado sobre los jóvenes: el precariado. La "clase social" que forman quienes sufren la inseguridad económica, temporal y social propia de una precariedad laboral que afecta a su bienestar material y equilibrio psicológico. Situación que se acrecienta por la falta de apoyo en tiempos de necesidad después de cercenar las estructuras básicas del estado del bienestar. En resumen, lo que tradicionalmente ha sido un jornalero andaluz, un peón de la construcción o el obrero sin cualificación que cada año emigraba a la vendimia. La más pura clase baja, en contraposición a la clase media e incluso a esos trabajadores a los que se le dotó de la seguridad laboral necesaria para que pudiera comprarse el piso y el Seiscientos que el desarrollo del país necesitaba que se vendiese.

Solo que ahora, ese precariado tiene los estudios que sus abuelos creían que les sacarían de su precaria condición. Unos estudios, en muchos casos universitarios, que les capacitan para trabajar en unos sectores que no demandan el número de profesionales que todos los años salen al mercado. O sí; porque entendido el trabajo de los nuevos universitarios, no como el trabajo de un profesional, sino como el de un obrero de cuello blanco, el sistema necesita una amplia oferta de mano de obra, fácilmente sustituible y, por tanto, barata. Y ahí están los nietos de quienes se partieron el lomo para que sus padres pudieran acceder a una universidad por cuyo acceso universal pelearon y a la que han ido estos jóvenes creyendo que aún era la garantía de seguridad social que fue cuando estaba vetada a unos pocos. Y en este proceso, no solo todo el mundo tiene que tener la oportunidad de acceder (cosa incuestionable), sino que además tiene que acabar (cosa más cuestionable). Porque parte del éxito de la universidad se mide en el número de créditos aprobados. Pero si todo el mundo acaba, se acaba la diferencia.

Y sin ella, tienes que recurrir a un máster. Que todo el mundo da por descontado que hará y que tampoco será muy exigente, porque si no, no vienen alumnos y el trabajo de los profesores puede quedar en precario. Con lo que al final tienes dos masters y sabes tres idiomas, pero te falta el tejido productivo capaz de absorberte y la explicación de qué va esto.

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