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El próximo lunes, tal día como hoy en una semanita, ya tendremos alcaldes, alcaldesas y concejales recién elegidos. Diputados al Parlamento Europeo, también. Habremos terminado un larguísimo ciclo electoral cuyo inicial pronóstico incierto se ha resuelto con más claridad que la que se preveía por casi todos. Estabilidad, según parece; normalidad, queremos creer.

De todos los alcaldes que en este trocito de tierra cercano lo son, hay dos que seguro no lo serán ya a partir del lunes. Se mantendrán en funciones hasta que se constituyan los ayuntamientos, a mitad de junio, pero ya no serán alcaldes porque lo han dejado: no se presentan esta vez a la alcaldía de sus pueblos. A ambos los conozco y a ambos los aprecio y respeto mucho, personal y políticamente. He trabajado muy cerca durante bastante tiempo y sé cómo son, cómo funcionan y cómo anticipan futuro, que de eso va la política buena. Ganan porque son creíbles, tipos normales que no prometen la luna, pero trabajadores sensatos que consiguen aproximarla y reparten, y comparten, el éxito. Más allá de la ideología, que conservo, y por encima de cualquier compromiso actual mío, principalmente ser libre, yo votaría cien veces seguidas a José Antonio Ruiz Almenara, alcalde de Palma del Río, y a Luciano Cabrera Gil, alcalde de Alcaracejos.

El poder local, el que les damos a nuestros representantes municipales, tiene esa parte chula: que lo damos casi directamente a las personas a que decidimos prestarlo. Cuando votamos en municipales sí que podemos decir con mayor razón que en cualquier otra elección que estamos votando a Fulano o a Mengana. Claro que normalmente está encabezando la lista de un partido y por supuesto que, como en las demás elecciones, abogo por un sistema de listas abiertas y desbloqueadas que permitan al elector votar y decidir sin corsés, pero en las elecciones locales, cuando se vota a una persona con la intención de que sea alcalde, es más verdad. Jose, así sin tilde, y Luciano, así con c, han conseguido ser transversales, pero no porque hayan tenido un compromiso tibio con su formación, el PSOE (al revés, con creces demostraron y, a veces, padecieron sus lealtades), sino porque sus gobiernos no han sido excluyentes; la gente que no hubiese votado a sus siglas para otros encargos, les otorgó confianza para lo suyo. Alcaldes grandes.

En esta vida hay quien se pasa la mitad buscando poder y la otra mitad exhibiéndolo, aunque no lo tenga: exaltados de la mediocridad que mendigan su minutito de gloria. A veces se les da: el minuto y el poder. Pero también hay políticos de una pieza que, sin usar la componenda y reventando la impostura, lo entregan. Es porque lo tienen. Por eso, si se los cruzan por la calle, cuando ya no lo sean, no tengan reparo en decirles "¡Hasta luego, Alcalde! ¡Gracias!", que Jose y Luciano se lo han ganado.

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