Sine die

Maestros y aprendices

Del maestro aprendemos a discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo ficticio, lo personal de lo protocolario

No me baso en datos oficiales, de los que por cierto desconfío, pues no hay nada tan voluble y manejable como una cifra estadística, pero por lo que oigo y observo, pocos deben ser los menores de cuarenta años que se molesten en leernos a los que expresamos nuestras opiniones escribiendo artículos periodísticos. La inmediatez, palabra que tiene casi las mismas letras que idiotez, de la noticia prevalece sobre las consecuencias que ésta pueda tener y su interpretación. La información actual se mueve por flashes y la superficialidad anula toda interpretación que, si se ofrece, rápidamente nos hace pensar en la propaganda. Vaya por delante mi defensa del periodismo que ejercen profesionales que no obedecen a ideas sectarias, informan éticamente y forman a sus lectores. Todos los que nos asomamos a las páginas de un periódico a través de una tribuna de opinión somos deudores de ciertos columnistas y editorialistas que nos abrieron caminos y nos enseñaron a leer entre líneas, a ser críticos en el sentido auténtico de la palabra, a formarnos una opinión que no tenía por qué coincidir necesariamente con la de la mayoría.

La palabra maestro lleva implícitas unas connotaciones que incluyen el agradecimiento, la admiración y el afecto personal. Todo profesional digno ha de ser agradecido con aquél que le abrió caminos e incluso le puso en él. Una de las diferencias entre un profesor y un maestro es que el primero explica la asignatura, el programa, pero el segundo enseña la ciencia, la profesión. Del maestro aprendemos a discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo ficticio, lo personal de lo protocolario.

Para llegar a ser un auténtico maestro hay que considerarse primero aprendiz, y dos carencias actuales son la suficiencia, cuando no soberbia, de algunos que enseñan y la falta de conciencia de sentirse aprendices de ciertos alumnos. Entre la prepotencia de unos y la ignorancia de otros, se está produciendo una fractura en la cadena de transmisión del conocimiento que se ve favorecida por la implantación indiscriminada de las nuevas tecnologías. Marañón, cuando vio venir la oleada de pruebas tecnológicas que llegaban al ejercicio de la Medicina, escribió: Bienvenidas sean, pero que nunca me falten una silla y hablar cinco minutos con el enfermo. Nunca más necesario que ahora, con tanto teletrabajo; claro que Don Gregorio era todo un maestro.

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