Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Un mundo nuevo (y terrorífico)
Lo confieso. Sin merecerlo soy un beneficiario del patriotismo y el espíritu fraterno de Pedro Sánchez. No le voto, soy católico, hermano de varias hermandades… ¡Y me han vacunado! Él lo ha dicho, no yo: "Aquí hemos vacunado a todo el mundo y no hemos preguntado su origen, ni su creencia, ni lo que votaban. Aquí lo que hemos hecho es un gran ejercicio de patriotismo y de fraternidad". Si quieren una imagen real de Sánchez, una vera efigie de su personalidad, un resumen de su ideario y su talante, recuerden estas palabras. Él es así. Preside el Gobierno de la nación un señor que entiende digno de resaltar, comentar y celebrar que bajo su mandato se haya vacunado a todo el mundo sin someter antes a los ciudadanos a un test para saber qué votan, que creen o qué piensan y, en función de lo que respondan, vacunarlos o no. Y lo llama "gran ejercicio de patriotismo y fraternidad".
Comparado con esto es una broma lo de la vicerrectora de Calidad y Política Lingüística de la Universidad Politécnica de Cataluña que el lunes pasado se vio forzada a dimitir tras animar en un tuit a quemar contenedores para celebrar la Diada: "¡Ganas de fuego, de contenedores quemados y de aeropuerto colapsado!", escribió. La explicación que ha dado el rector de la UPC de la dimisión no deja de tener también su gracia: lo ha hecho "para evitar que las interpretaciones de un tuit publicado en su cuenta personal de Twitter puedan afectar a la institución". Ya me dirán ustedes cómo se puede malinterpretar o manipular lo de las ganas de fuego, contenedores quemados y aeropuerto colapsado.
Más graves, e igualmente imposibles de malinterpretarse, son las palabras de Sánchez celebrando que él y su Gobierno (porque utiliza la primera persona del plural) hayan hecho posible, en "un gran ejercicio de patriotismo y de fraternidad", que se vacune a los ciudadanos sin preguntarles "su origen, ni su creencia, ni lo que votaban". Pero, por supuesto, no dimitirá. Animar a quemar contenedores -me puede decir alguien- es mucho más grave que celebrar que en España no se haga distingos entre quienes merecen y no merecen ser vacunados según lo que voten, crean o piensen. Tal vez. Salvo que además de una -otra- estupidez autocomplaciente sea uno de esos deslices freudianos que "revelan una interferencia de la parte inconsciente de la mente en el comportamiento manifiesto".
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