Engaños con la alimentación

editorial

01 de agosto 2011 - 01:00

EL aserto popular defiende que somos lo que comemos. Y es cierto, más allá del refranero: la influencia de la dieta en la salud está científicamente demostrada, tanto para recuperarse ante las consecuencias de enfermedades como para mantener un sano equilibrio del cuerpo humano. Ante tal certeza, en los últimos lustros asociar a determinados alimentos un beneficio específico para la salud se ha convertido en una técnica comercial muy extendida. Sin embargo, no todos los mensajes que reciben los consumidores tienen la consistencia necesaria para sustentar la afirmación que se nos presenta. Para poner coto a abusos y evitar engaños, la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria, dependiente de la UE, ha elaborado un estudio sobre las atribuciones saludables que se le otorgan por la industria alimentaria a casi 3.000 sustancias que se han investigado. El resultado del estudio ejecutado es desolador: el 80% de los reclamos que se hacen para estos alimentos o no están probados científicamente o la apelación que se hace es tan genérica que no puede comprobarse. Ante estas conclusiones, mucha publicidad actual deja en evidencia a las marcas que las anuncian. Las apelaciones a las isoflavonas de la soja, la coenzima Q10, los bífidos, los fitoesteroles o el uso de la fibra quedan en entredicho, pues se le adjudican beneficios -respecto al control del colesterol o su uso para controlar el peso- que el estudio considera falsos. Aunque el trabajo se circunscribe a los medios científicos actuales para establecer si cumplen o no lo que prometen los productos, lo cierto es que la publicidad se hace ahora. Dicho de otro modo: se nos engaña en el presente, aunque apareciesen en un lejano futuro formas no conocidas de demostrar estos supuestos beneficios. Es hora de decir basta a tanto engaño. La normativa que regula esta materia, que ha avanzado en los últimos años, debe erradicar toda apelación no demostrada, al tiempo que abogar por promocionar una dieta variada y equilibrada. Porque, eso sí, comer mal es tan dañino para la salud como malcomer.

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