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Veredas livianas

Noelia Santos

nsgemez@eldiadecordoba.com

Derecho al descanso

Bajo un cartel en el que puede leerse "Derecho al descanso", un grupo de amigos se mira entusiasmado con metro y medio de distancia y emitiendo gritos de alegría. No pueden contener la felicidad de volver a mirarse a la cara tras varios meses luchando con las inclemencias de Zoom. Se sientan en una terraza, piensan "por fin" y se dejan llevar por lo maravilloso del reencuentro.

Hay pocas cosas en la vida que nos den más alegrías que los bares. Escenarios de las anécdotas que nos arrancan la carcajada infinita, decorados palpables que preceden a las mañanas de resaca, el descanso del guerrero que repone fuerzas a base de cafeína para continuar con la jornada. Por no hablar de sus inagotables bastiones que, transformados en camareros y camareras, nos hacen el día y la vida bastante más llevaderos.

Qué sería de nosotros sin los bares, me pregunto mientras me imagino la brisa fresca nocturna dándome en la cara en Vizconde de Miranda rodeada de mis amigos en el reencuentro distante al principio y abrazado al final o rememorando esa calor insoportable que escupe el suelo de la Corredera cuando dan las once de la noche de un día que has trabajado mucho.

Ojalá hubiera una terraza de bar disponible a cualquier hora del día para que nos regalase la experiencia de acumular recuerdos y la capacidad de tener cerveza de grifo a demanda. Pero algunos ojalás deben quedarse al amparo de lo inalcanzable para que prime lo que tiene que primar, la lógica y la responsabilidad (aunque suene todo lo aburrido que puede sonar una afirmación de este tipo).

La hora de más que la Junta concede ahora a la hostelería para que alarguen su cierre supone una hora de menos para aquellos que, a diferencia de otros, quieren irse a dormir a una hora decente en verano con la ventana abierta para que les entre el fresquito. Y hay pocas cosas que desee yo más ahora que la recuperación de un sector esencial en esta ciudad, terraza perpetua, y de esos bastiones en forma de camareros que tienen que sobrevivir. Pero hay que ponerle cabeza a las cosas y debatirlas a fondo y dar un paso al frente siempre que todos los agentes implicados estén de acuerdo.

No sé en cuánto dinero o ganancias sociales se traducirá que los bares cierren a las tres de la madrugada, pero yo creo que puede entenderse que esa es una hora exagerada para echar la persiana. Y no digo que no se tomen medidas para rescatar al sector porque deben tomarse, principalmente en forma de ayudas económicas. Yo desearía poder fabricar historias a cualquier hora en cualquier bar, pero el derecho al descanso debe primar por encima incluso de las ganas de cerveza de barril.

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