Convivencia

30 de septiembre 2020 - 02:40

Según el ministro de Justicia, señor Campo, la idea de no llevar al Rey a la entrega de despachos de Barcelona se debía al benemérito fin de promover la convivencia. Lo cual nos lleva a preguntarnos qué entiende por convivencia el señor ministro, y si puede considerarse una forma decorosa y válida de convivencia que las instituciones de un Estado democrático dejen en suspenso sus funciones para no molestar a los autores y simpatizantes de un golpe de Estado. Este modo de convivir lo hemos conocido durante muchas décadas en el País Vasco, y ahora los españoles jóvenes pueden entenderlo, en su profunda miseria, gracias a la serie Patria, no obstante las sabias advertencias del vicepresidente del Gobierno, señor Iglesias, quien dijera en una herriko-taberna de Pamplona -era junio de 2013- que sólo la izquierda vasca y ETA habían hecho una lectura correcta de la Transición y de sus trampas. Una lectura, claro, desde la convivencia.

Decía que, gracias a la singular idea de la convivencia del señor Campo, se nos hace más comprensible su malestar cuando algún juez dio vivas al Rey. "Se han pasado tres montañas", se le oyó decir al ministro de Justicia español, que no parece compartir la ominosa costumbre de los ingleses, quienes para honrar su democracia gritan "God save the Queen" sin pedir permiso al ministro del ramo. Uno tenía la idea, equivocada sin duda, de que convivir era respetar la opinión, la vida y la hacienda del vecino, porque lo contrario se incluye en el cuadro mayor del acoso, la opresión y la violencia. Son muchos los catalanes y los vascos que han padecido esa falta de respeto (a su vida, a su hacienda, a sus derechos); pero no es a esa falta de convivencia a la que se refería el señor ministro. El señor ministro se refería a que el Jefe del Estado -de un Estado democrático al cual representa el señor ministro-, no debe personarse en un acto oficial para no ofender a los simpatizantes confesos de un putsch fallido. Que el señor Torra, además, sea un poco racista, nos conduce inevitablemente a una honda sensación de melancolía: no es sólo que el señor ministro confunda la convivencia con el apaciguamiento, a la manera de Chamberlain, sino que el señor ministro prefiere contentar a quienes execran la ley que a quienes sueñan con que la ley, al fin, se cumpla.

Claro que siempre habrá alguien que diga que eso es crispar la situación. A estos últimos les recomendaría una lectura atenta de Azaña, del Azaña del año 37, tras haber amnistiado a Companys en febrero del 36.

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