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Ser y estar

No parece excesivo despedir con solemnidad y decoro a quienes encontraron la muerte de modo tan súbito y desafortunado

El señor Urkullu decía, no ha mucho, que él no era español, que él sólo se siente vasco. En esta distinción radica el prestigio y el equívoco del nacionalismo. El señor Urkullu es español por un considerando administrativo, mientras que cualquier democracia moderna, por el mero hecho de serlo, no puede inmiscuirse en los sentimientos de nadie, so pena de dejar de serlo. Es lo que escribía Renan, en la tercera parte de su influyente panfleto, ¿Qué es una nación?: "Una nación es un alma, un principio espiritual". Sobre esta insólita majadería el XIX y el XX apilaron montañas de cadáveres. Y hoy modela a ciudadanos sentimentales que reniegan de su ciudadanía, de su pluralidad constitutiva, y atienden a la melancólica llamada de lo idéntico.

Hegel, en su Introducción a la Historia de la Filosofía, sugiere "que los muertos entierren a los muertos". Esto mismo lo repetirá Marx para conjurar la fascinación por el ayer, por un ayer fantástico y ancestral, que aflige a los nacionalistas, siempre con la cabeza vuelta hacia una oscuridad pretérita, como la niña de El Exorcista. Si uno fuera más ingenuo, pensaría que don Pedro Sánchez se ha vuelto hegeliano, de ahí que no asistiera al funeral de La Almudena oficiado el lunes. Supongo que se pretenderá argüir que, al ser un oficio religioso, el presidente no debía acudir a la ceremonia, como destacado heraldo de un Estado aconfesional. Sin embargo, una cosa es la creencia de cada cual, y otra el respeto a los demás (esto tampoco lo han comprendido ni tolerado nunca los nacionalistas); de modo que el presidente ha perdido la oportunidad de mostrar sus respetos a millares de españoles que perdieron su vida hace apenas unas semanas, así como a sus familiares vivos. ¿Por qué? Sinceramente, no se nos alcanza. Sean treinta o cincuenta mil las víctimas del coronavirus, España no conocía una mortandad tal desde primeros del XX, excepción hecha de las guerras que la azotaron durante la primera mitad del siglo pasado, a uno y otro lado del Estrecho.

Por muy hegeliano que se haya vuelto nuestro presidente, no parece excesivo despedir con solemnidad y decoro a quienes encontraron la muerte de modo tan súbito y desafortunado. Luego, una vez pagado el óbolo al barquero -"que los muertos entierren a los muertos"- el presidente podrá dedicarse a los desafíos futuros. Desafíos que son, lógicamente, los nuestros. Pero entre los cuales no debiera figurar el desprecio gratuito a sus administrados.

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