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Francisco José / Ortega

Alabado seas, Usain Bolt

ECUADOR, más o menos, de los Juegos de Londres y la adrenalina se dispara. Siete hombres por debajo de los diez segundos en una carrera de 100 metros y Usain Bolt, elevado a la categoría de mito viviente tirando de la locomotora del AVE más rápido jamás ideado; una sevillana, Marina Alabáu, paladeando la medalla de oro en vela a pesar del ninguneo de la que es objeto por la televisión pública ya sea a la hora de pelear por una señal televisiva como por su ridícula pieza en el telediario de las tres de la tarde; los equipos femeninos de waterpolo y balonmano metiéndose de lleno en la lucha por estar en el podio; el dúo de la sincronizada enamorando a todos, excepto a los jueces, con un ejercicio que parecía flamenco en una piscina... Los Juegos Olímpicos ya enganchan a todos los aficionados que gusten de las emociones fuertes en el deporte.

Pero para emoción, esos diez segundos escasos que transcurren desde que se escucha el pistoletazo de salida hasta que Usain Bolt comienza a festejar con toda su parafernalia sus triunfos. El jamaicano le cerró a la boca a aquellos que presagiaban hace escasas semanas, concretamente tras las pruebas de clasificación en su país que en estos Juegos se iba a iniciar su decadencia como mito viviente. Pero los mitos son mitos por algo, por estar a tope en el momento justo, en el instante en el que comparecen los elegidos para enseñarles al mundo entero que ellos están por encima de los límites de los humanos.

En el caso de Usain Bolt, además, se podría añadir que está muy por encima. El espigado jamaicano es el mejor velocista de la historia, tal vez incluso el mejor atleta, y le basta con 9,63 segundos para dejar a otro mito como Phelps en un segundo plano. Alabado seas, Usain Bolt.

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