Fitur deja la sensación de que el turismo necesita muy poco para levantar el vuelo y recuperar su velocidad de crucero. También que pocas cosas volverán a ser como antes. Para hacer turismo en España el Gobierno recomienda mantener distancias de seguridad y limitaciones de aforo; preferencia por el material desechable, fomento de las monodosis en autoservicios y raciones individuales en bufés; reducción de los elementos decorativos y sustitución de mobiliario de accionamiento manual (papeleras, fuentes de agua, …); el cierre de baños públicos en playas y la sustitución de la información en papel por la digital; reserva con antelación en restaurantes, preferencia por las terrazas y espacios abiertos, menú online y pago digital, pero desaconseja el menú compartido.

Son algunos de los remedios aplicados sobre las heridas de la pandemia durante los dos últimos años. El tiempo las curará, pero la mayoría de ellas dejarán cicatrices bien visibles en todos los actores. Desde el transportista hasta los servicios en destino, pasando por las agencias de viaje, tendrán que adaptar sus procedimientos en dos direcciones imprescindibles: gestión digital y personalización de los servicios.

La gestión digital supone avanzar en la transformación tecnológica que ya experimentaba el sector y que ahora se produce a velocidad de vértigo. Afecta a todos los procedimientos. Desde las técnicas de promoción e información, a las actividades de mantenimiento, higiene y atención al cliente e incluso a la prestación directa de servicios. Todo ello supone un cambio en la tecnología turística con implicaciones significativas en la relación capital-trabajo. Cambia el capital tecnológico y el capital humano y, con ello, el modelo de empresa. La demanda de capital físico (mobiliario e inmobiliario) se desplaza al de contenido tecnológico, mientras que la de trabajo se hace más diversa y compleja por las exigencias de cualificación previa al a incorporación.

La personalización de los servicios, por su parte, tiene dos implicaciones fundamentales e inmediatas. Una es el desplazamiento del modelo de masificación en el transporte, alojamiento y actividades complementarias. Otra un acusado proceso de innovación en el producto, orientado hacia el diseño de opciones de mayor calidad, precio y compromiso ambiental. Con la irrupción del teletrabajo se acentúan las favorables expectativas para el alojamiento en viviendas propias o arrendadas y en establecimientos de alojamiento exclusivos, con alargamiento de las estancias y probable limitación de frecuencias y distancias. Por su parte, la preferencia por los espacios abiertos impondrá cambios en el diseño de los establecimientos y probablemente también en el urbanismo de los espacios turísticos.

Competir en el mismo mercado con nuevos precios y productos plantea un reto de adaptación a los que ya estaban y una oportunidad para nuevos competidores libres de cargas heredadas. Afortunadamente el turismo español, y muy especialmente el andaluz, dispone de sólidos argumentos para afrontar el reto de una demanda más exigente de espacios abiertos, estancias prolongadas y servicios especializados, seguros y de calidad.

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