Tacho Rufino

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el poliedro

La soledad vuelve a cotizar a la baja, casi como una lacra social

15 de junio 2024 - 00:30

Es elegante, viste chinos y camisa Oxford; en invierno pasea de su casa a la cafetería y vuelta con un chambergo encerado. Calza buenos zapatos de cordón y suela de goma, y aunque esté nublado siempre lleva un gorro de pescador –que los ingleses llaman sombrero cubo–. Su melena sesentera, blanca, fina y ya sólo trasera, aunque le cubre toda la nuca, debe de acompañarle desde antes de acabar arquitectura y mucho antes de tener a unos hijos que van a visitarlo con regularidad, a veces con sus propios hijos, nietos de él. Salvo esos ratos, siempre va solo, fiel al establecimiento hasta el que se desplaza una vez a mediodía y otra al caer la tarde. No suele hablar con nadie, aunque devuelve el saludo con un sencillo gesto de cortesía y un levísimo ademán de sus huesudas manos. Por algún motivo que se nos escapa, suele preguntar a diario “¿he pagado?” después de haber pagado, aunque cuando intercambias dos palabras con él no se percibe atisbo de demencia. Es un hombre solitario, y no parece ello pesarle ni un miligramo. Su presencia es entrañable, pero distante: nunca le he observado un afán siquiera remoto por socializar. Despide paz. Suele leer el periódico en papel, y creo que nunca le he visto manejar un teléfono móvil.

Resulta ya un cliché: “La soledad deseada puede ser bonita; la obligada, no”. Sucede esto que desde que la soledad es uno de los males de la sociedad de masas y el entorno urbano. O eso nos dicen, y ya entra en los programas políticos como una enfermedad, un subproducto “marginal” de, por ejemplo, la creciente edad provecta en sociedades desarrolladas que, tanto como desarrolladas, o más, son viejas a ojo de pirámide de población (que de pirámides o triángulos tienen mucho menos que de botijo tripón: pocos niños, muchos maduros, cada vez viejos más longevos). Pero no sólo de edad y sus efectos –la viudedad, por ejemplo– está hecha la soledad: también parte de la gente joven se siente azotada por el sentimiento de soledad, precisamente cuando más interconectada está, de forma constante, en muchos casos esclavizante y adictiva. El móvil y las redes sociales, las páginas de citas y hasta el teletrabajo son detonantes de una insondable soledad desde la adolescencia, un paradójico mal contemporáneo: jóvenes con cientos de contactos que cada día se sienten profundamente a solas... sin desear lo más mínimo los beneficios que para el alma comenzaron a atribuir a la soledad los poetas románticos (pueden encontrar en Desventajas y beneficios de la soledad de The Economist un preciso panorama de la historia de este sentimiento). En cualquier caso, es un asunto digno de ser considerado por la política social, y por tanto la económica, médica y asistencial. También es un problema emergente el absentismo y las bajas laborales de quienes sienten tristeza por no saber, o no poder, soportar estar sin compañía.

Un amigo suele decir que “nadie que no sepa con frecuencia estar conforme y sereno a solas podrá hacer gozar a nadie de su compañía a un cierto plazo”. Los meridionales damos mucho valor a la juntiña, y pasamos por ser los grandes maestros de la fiesta en multitud. Tan es así que, y permitan la intimidad, hace poco una vecina me echaba en cara que llegara a una terraza y me sentara solo. Llegó tan lejos como espetarme “eres un prepotente”, palabra que creo que implica sentimiento de superioridad, pero sí sé que no es nada bueno para espetárselo a un paisano a bocajarro –el jarro contaba–. Se puede ser solitario por vocación, y no por traumas de la infancia ni desgracias que tarde o temprano la vida te presenta sin compasión. No todos somos Eleanor Rigby (todas las canciones de Los Beatles están traducidas en internet, pero recuerdo el estribillo de esa: “Ahhh, mira a la gente solitaria”).

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