Gordofobia no, tan sólo salud

La pandemia de obesidad es consecuencia de los cambios en la actividad física y la alimentación

“la obesidad y el sobrepeso se definen como una acumulación anormal o excesiva de grasa que puede ser perjudicial para la salud. Un índice de masa corporal (IMC) superior a 25 se considera sobrepeso, y superior a 30, obesidad. El problema ha adquirido proporciones de epidemia; más de cuatro millones de personas mueren cada año por causas relacionadas con el sobrepeso o la obesidad, según estimaciones de 2017 sobre la carga mundial de morbilidad”

Organización Mundial ?de la Salud

VAYA de entrada mi reconocimiento: la gordofobia existe. La persona obesa lleva su peculiaridad bien visible. Y ello le hace el objeto de una serie de discriminaciones, más o menos explícitas: desde la burla o el desprecio en medios de transporte, restaurantes o cualquier otro tipo de espacio común, hasta la discriminación silenciosa para un ascenso o para un puesto de trabajo. Sobre ella cae el lugar común: perezosa, indolente e incapaz de controlarse en la mesa. La vida del obeso no es nada fácil. Y, en buena medida, por un problema cuyas causas últimas escapan de su responsabilidad.

En segundo lugar, subrayo lo justo y saludable de impulsar desde el Estado medidas concretas dirigidas a frenar la discriminación de un segmento de la población tan significativo (y en continuo crecimiento). La gordofobia es una injusticia y, por tanto, un Estado de derecho que se tenga por tal tendrá que oponerse al cliché y a la estigmatización.

Pero, aceptando lo anterior, es preciso decir que no podemos aceptar el sobrepeso y la obesidad como situaciones a normalizar. No se trata aquí de una peculiaridad de color de piel o del origen geográfico. Tampoco se trata de una variedad de la orientación sexual y afectiva. Se trata de una situación no deseada ni deseable que comporta síntomas y riesgos para la Salud.

Recurro de nuevo a la OMS: “enfermedad” significa “alteración o desviación del estado fisiológico en una o varias partes del cuerpo, por causas en general conocidas, manifestada por síntomas y signos característicos, y cuya evolución es más o menos previsible”. Creo que existe un consenso clínico estableciendo que la obesidad se ajusta a esta definición. Por los síntomas que acarrea, de por sí, y por los riesgos que comporta en un futuro.

Podemos y debemos luchar contra los estigmas que proporciona una enfermedad como la obesidad. Pero de ningún modo podemos dejar de luchar contra la enfermedad misma. Porque, en ello, va el bienestar y la Salud de millones de ciudadanos. La obesidad no es una peculiaridad a aceptar y respetar. Se trata de una enfermedad a estudiar, comprender y tratar. Desde una perspectiva de respeto a la persona enferma, y no a la enfermedad.

Nuestro deber es divulgar el conocimiento científico y, así, terminar con los clichés en los que se sustenta la gordofobia. La pandemia de obesidad –que de otra cosa no se trata– es consecuencia de cambios de calado en la actividad física y la alimentación poblacionales. Pero se ceba con gente predispuesta genéticamente. Y, digámoslo ya, con los estratos sociales y económicos menos favorecidos.

Hace cincuenta años, no teníamos una prevalencia tan elevadísima de obesidad. Se nos ha disparado hasta convertirse en un nuevo limitante de supervivencia y calidad de vida. Y, sin embargo, los genes poblacionales no han cambiado en este período. ¿Qué nos ha ocurrido?

Excede del objetivo de este artículo ofrecer una perspectiva, siquiera elemental, de las causas últimas que nos han convertido en una sociedad de obesos. Pero anticipo ya que la solución va mucho más allá de esfuerzos individuales en consultorios especializados. Por el contrario, ello va de sentarse a examinar los determinantes del balance calórico poblacional, a cada edad, y actuar como Estado de un modo multidimensional. Urbanismo, alimentación, educación y un larguísimo etcétera.

Es preciso adoptar y mantener una política –en el verdadero sentido del término– dirigida a controlar y revertir una situación patológica e insalubre. Intentar, por el contrario, “blanquear” el sobrepeso y la obesidad como “opciones”, “alternativas” o “peculiaridades” no lleva sino a aceptar nuestro fracaso en el control sanitario de uno de los obstáculos más importantes para la generación de una sociedad más sana.

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