Rogelio Rodríguez

Feijóo alumbra la refundación del PP

La Rotonda

Entre un Pablo y el otro Pablo, Sánchez acumula razones para dormir tranquilo

18 de julio 2020 - 02:39

La noche del pasado domingo, el aparato del Partido Popular, que preside Pablo Casado, miraba con la ceja enarcada la apoteósica victoria de Alberto Núñez Feijóo, cuarta consecutiva, en Galicia, y con pupilas dilatadas la debacle de la candidatura que encabezaba Carlos Iturgaiz en el País Vasco. Sin embargo, no había lugar para la sorpresa, ya que en las elecciones autonómicas celebradas ese día en ambas comunidades autónomas el PP cosechó el resultado que anunciaban todas las encuestas: un triunfo contundente en la región galaica y una derrota sin analgésicos, la peor de su historia, en Euskadi, donde compareció en comandita con Ciudadanos.

El desconcierto de Casado y su equipo se fundamentaba en la agria conclusión de que, si bien, la cuota de éxito sólo cabía atribuírsela a Núñez Feijóo, el gran fracaso de Iturgaiz sólo era achacable al ambulante líder popular, autor de una lista melancólica y equivocada, con un discurso y un programa ideado para competir con Vox, lo que, a fuerza de insistir en el error, lo debilita sobremanera como alternativa capaz frente al Gobierno de Pedro Sánchez. Con una cartera de votos del 6,75% en el País Vasco y un porcentaje similar en Cataluña, muy difícilmente se puede aspirar a ganar unas elecciones generales.

Ex dirigentes del PP y algunos barones regionales afirman entre bambalinas que el partido tocará fondo en los próximos comicios catalanes. "Será entonces -me dice un ex ministro de la cuerda de Rajoy- cuando no haya más remedio que ir a la refundación". Pero no la que Casado aventuraba a primeros de marzo con la intención de absorber a Ciudadanos y configurar una nueva alternativa de centroderecha, contradictorio con su reiterado pregón maximalista, sino algo similar a lo que sucediera en enero de 1989, cuando el Partido Popular sustituyó a Alianza Popular, fundada en 1976, aunque con la notable diferencia de que entonces la extrema derecha era residual o estaba camuflada en AP y el timón lo empuñaba nada más y nada menos que Manuel Fraga.

Y la primera pica para el cambio de modelo y etiquetas la ha puesto el reelegido y hoy incontestable presidente gallego al ocultar en su campaña electoral las siglas del PP, una decisión insólita que, además de quebrantar la norma de la formación, impensable durante los mandatos de Fraga, Aznar o Rajoy, sanciona la eficacia electoral de los símbolos del partido y, también, cercena el liderazgo de Casado. Núñez Feijóo, que no optó a la presidencia del PP por confort y miedo escénico, cuando su candidatura habría ganado por casi unanimidad, se atreve ahora a retar a su jefe de filas con un variopinto recetario untado de nacionalismo a la vez que atrayente para la derecha moderada y para el votante de centroizquierda, un sector con el que siempre ha mantenido buena entente, pues no en vano, como él mismo divulga, en las elecciones de 1982 votó a Felipe González.

Entre un Pablo y el otro Pablo, Pedro Sánchez acumula razones para dormir tranquilo.

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