Tacho Rufino

Banca: el abismo reconversor

el poliedro

La nueva vuelta de tuerca de la reestructuración del sector implica cambios radicales del negocio y miles de paradosReconvertirse y ajustarse a la caída del negocio... y miles de despidos

05 de junio 2021 - 01:52

Reconversión es un término que la Economía Industrial toma prestado al lenguaje común. Según éste, reconvertir es hacer que algo vuelva a un estado anterior. Sin embargo, su sentido económico no es ese, sino que la palabra se utiliza para ilustrar un proceso de ajuste y transformación de una empresa o sector, y no necesariamente para que vuelva a un estado previo, sino que implica ajustes -recortes, cierres, despidos- para que la oferta se adecúe a una demanda menguante en un negocio y un mercado que languidecen tras años de buena salud e incluso exuberancia. Los españoles más talludos vivieron la Reconversión Industrial del país en los pasados años 80, acometida a instancias de la OCDE por el Gobierno socialista de Felipe González -un paradigma de cómo la urgencia nacional se antepone a la ideología-, y derivada en buena medida de la crisis mundial de 1973, llamada "del petróleo". En este dolorosísimo y conflictivo proceso, se desmanteló buena parte de la industria pesada nacional de la autarquía franquista que aglutinaba el INI, o sea, el Estado, y que dio paso a la devastación y subsidio de localidades dependientes de la minería, el acero o los astilleros en Asturias, Galicia, País Vasco, el Levante o Cádiz. La causa esencial de todo ello fue la falta de demanda de unos productos poco competitivos, o sea, más caros de producir en un mundo que derribaba fronteras económicas. Con el tiempo, ya con Aznar de presidente, otras propiedades empresariales públicas fueron privatizadas, y en puridad no reconvertidas: industrias energéticas y telefónicas en situación de ventaja tras ser monopolísticas, banca pública y participaciones del Estado en líneas aéreas, incluida la de bandera, Iberia. La nutritiva Aena, los ferrocarriles, los Paradores y la Lotería se libraron por la campana (la electoral). El propio Zapatero intentó privatizar más, sin conseguirlo; tres cuartos de los mismo le sucedió a Rajoy. Pero ésa es otra historia, más ideológica que de responsabilidad, al contrario del esquema estratégico de los 80.

No hace falta que la reconversión sea del sector público para que sea tal. Lejos de estar en expansión tras los peores años de su vida -la de la banca-, la industria bancaria "está en reconversión". Lo ha dicho hace unos días José Ignacio Goirigolzarri, presidente actual de Caixabank, tras la absorción de esta entidad de Bankia, de la que fue también presidente comisionado por el Gobierno hasta la mal llamada "fusión". Un proceso, dicho sea de paso, que ha conseguido un éxito razonable en términos de gestión, pero que va a ser ruinoso para las arcas del Estado, o sea, para el bolsillo de los contribuyentes presentes y futuros: el Plan Guindos era un brindis al sol, algo imposible que se vendió como estrategia de salvamento y que hasta iba a producir beneficios. Un cuento, uno en forma de "plan de negocio". Y el que venga detrás, que arree.

La reconversión bancaria ya está en curso desde hace un lustro al menos. Ya saben: internet con calzador, sucursales donde se corta la tensión y la presión al empleado por vender lo que sea y resistir el tirón como numantino fiel, comisiones emboscadas, zozobra de los ahorradores ancianos, fieles también hasta decir basta. La nueva vuelta de tuerca de la reconversión tiene estos rasgos: enorme competencia, con nuevos competidores especializados y digitalizados desde su nacimiento, hace pocos años; migración a la nube, nuevas fusiones y mayor concentración, lo cual constituye un incentivo económico de eficiencia para la banca, pero una amenaza para el mercado y para los usuarios. Y un redimensionamiento drástico de las plantillas de los bancos. O sea, dolor; despidos y más despidos. Y un gasto público extraordinario para dar lo suyo a los despedidos.

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