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Análisis

rogelio rodríguez

Autocracia, populismo y discordia

El debate ha sido suplido por un combate infernal entre dos frentes cada día más antagónicos

Escasea la sabiduría y abunda el caudillismo. La autocracia, con mayor o menor nitidez, se ha instalado en los partidos políticos. Las dichosas primarias han revelado la farsa. Los líderes no admiten discrepancias, ni siquiera cuando el no devoto es elegido por una militancia que, sin embargo, no se da por engañada. Pedro Sánchez arroja a los susanistas a la cuneta y margina a cuantos no coreen su prestado título presidencial; Pablo Casado arrincona casi todo lo que recuerde la etapa de Mariano Rajoy, de la que él formó parte activa; Albert Rivera señala y encorseta a sus candidatos y Santiago Abascal recluta generales, al tiempo que, pistola oculta al cinto, pregona sin rubor que Vox "es el partido del sentido común". Sólo al visionario adalid de Podemos, Pablo Iglesias, se le ha disgregado su ya de por sí variopinta tropa, como era de prever.

No existen líneas rojas. Las distintas formaciones han volcado todo su esfuerzo preelectoral en el mercado de fichajes, la mayoría de ellos pretendientes impensables para la gestión pública. Sánchez emboca desde el vestuario de La Moncloa al ex seleccionador nacional de baloncesto Pepu Hernández como cabeza de lista al Ayuntamiento de Madrid; Casado sitúa a Juan José Cortés al frente de la candidatura por Huelva, deslumbrado por los ambiguos focos de popularidad del padre de la niña Mariluz, asesinada en 2008, y Rivera echa cafeína a sus tornadizas listas con la incorporación de Marcos de Quinto, ex vicepresidente de Coca-cola, nada menos que como número dos por Madrid.

Pero si los citados casos destacan por su extravagancia o esnobismo, acorde con la ligereza que propala la clase política, los fichajes realizados por Vox motivan mayores suspicacias. Si bien es legítimo y respetable que altos mandos militares en la reserva resuelvan ejercer la política -Eisenhower fue general antes de notable presidente de Estados Unidos-, chirrea que lo hagan a bordo de una alternativa que rezuma tan reprobable radicalismo, como ya hiciera -en una opción diametralmente contraria- el ex JEMAD Julio Rodríguez alistándose en Podemos. Se trata de decisiones que contrastan con la inestimable moderación y ejemplar equidistancia mantenida en estos años por las Fuerzas Armadas y, sin duda, influirán en el reconocimiento que le atribuyan los próximos sondeos al estamento militar.

No obstante, el gran drama que debe ahora ocuparnos es que ningún partido ha expuesto todavía un programa con propuestas creíbles, ni parece probable que lo hagan. El debate político e intelectual sobre el desarrollo del Estado en aras de las necesidades del tiempo presente y futuro ha sido sustituido por un combate infernal entre dos frentes cada día más antagónicos. El objetivo, confesado sin matices, es aniquilar al adversario. Poco o nada importan los medios ni la compañía con tal de llegar al poder, aunque sea en parihuelas parlamentarias y renunciando a principios que parecían inviolables. Bien lo saben los separatistas.

El terco abandono de los valores que cristalizaron en la Constitución de 1978 amenaza con obstruir las hélices de la democracia.

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