Crónica

Morante y Juan Ortega se estrellan con el mal juego de los toros de Jandilla en Córdoba

Morante, con el capote en un quite por chicuelinas. Morante, con el capote en un quite por chicuelinas.

Morante, con el capote en un quite por chicuelinas. / Juan Ayala

Tarde de expectación, tarde de decepción. Es la norma. En el mundo del toro, cuando un festejo levanta el interés, entre los públicos, de manera interesante, la mayoría de las veces, por no decir siempre, todo queda en la nada. En la nada, o en muy poco. La tarde de este lunes en Córdoba no ha sido nada más que eso. Muy poco. Solo detalles, pinceladas con gusto y buen trazo en un lienzo inacabado. Pobre resultado para lo que se esperaba. Solo eso, detalles, mejores o peores, pero hay que repetirlo.

Poco para lo que se esperaba. Solo una pinturera faena de Morante en el tercero de su lote, que sin ser maciza ni redonda, tuvo argumentos suficientes para poner a los congregados en los tendidos de acuerdo.También rezuma mucha torería Juan Ortega, que también dejó muestra de su toreo. Destacó en quites, hay una verónica que aún perdura en el tiempo, así como un preciosista quite por delantales. Luego poco más. Detalles, solo detalles. Apuntar y no disparar. Todo quedo en la nada. ¡Qué pena! Con la expectación que había.

Cierto y verdad, que no hay que reprochar nada a los espadas actuantes. La disposición fue total, pero esa voluntad se estrelló con una sosa y descastada corrida de Jandilla. Y es que cuando el toro falla, pilar y sustento de la fiesta, el toreo se derrumba. Toros vacíos de todo lo que debe de tener un toro bravo. Desrazados, mansos, con poca fuerza y sobre todo poco aptos para el toreo que se exige en el día de hoy. Su presentación fue desigual. Urge, es necesario aclarar cuál es el toro tipo para Córdoba. El peso no debe de ser referente. En la tarde de ayer, tres toros no superaban los 500 kilos, y los que los sobrepasaron tampoco tenían el remate suficiente para una plaza que, por historia y administrativamente, es de primera categoría.

Decir que la plaza lucía radiante, adornos florales engalanaban barreras y palcos. También se pusieron colgaduras de Joselito, en recuerdo al centenario de su trágica muerte. Y se interpretó en el paseíllo el pasodoble que el maestro Lope dedicara a su hermano Fernando, y que el desconocimiento hace que se crea dedicado al coloso de Gelves. También estuvieron presentes, en grandes colgaduras, los cinco califas del toreo. Lástima que se confundiera a Rafael Molina Martínez con su tío Rafael Molina Sánchez, primer Califa cordobés.

También destacar la organización, perfecta, de la empresa para acceder a la plaza y ubicación del público en sus localidades. Las cosas cuando bien hechas están se loan, se aplauden y se agradecen.El público estuvo muy amable, enormemente predispuesto para un gran acontecimiento. Con ganas de aplaudir y empujar a los toreros, finalmente fueron muchos, por no decir todos, salieron contrariados.

Recibió Morante de la Puebla al primero de la tarde con lances genuflexos que fueron aplaudidos. Poco más que contar, pues el animal se paró, evidenciando poca fuerza, y no le propició el triunfo esperado. La faena tuvo la tónica de la tarde. Detalles sueltos y poco más.

Juan Ortega en el sexto de la tarde. Juan Ortega en el sexto de la tarde.

Juan Ortega en el sexto de la tarde. / Juan Ayala

En el segundo de su lote, tercero de la suelta, quedo inédito con el percal. Tras dos buenos pares de banderillas de Juan José Trujillo y tras brindar a la diputada nacional Cayetana Álvarez de Toledo, Morante se arrebató y cuajó un trasteo irregular, donde a veces surgieron fogonazos de su personal tauromaquia y estética. No fue una labor redonda, pero tuvo interés. Lástima el mal uso de los aceros que le impidieron obtener algún trofeo.

Lo mejor de su labor, y de la tarde, vino en el quinto. Morante se reencontró con Córdoba. Quitó por chicuelinas ceñidas y, tras réplica de Ortega por el mismo palo, tomó muleta. Tras brindar al respetable, se fue centrando para cuajar una faena que, sin ser redonda, tuvo argumentos bastantes para sacar a los allí congregados del ostracismo. Destacó en el toreo con la derecha, como al natural. La faena pareció perder fuelle, pero unas manoletinas y un deslumbrante toreo a dos manos hicieron que remontara. De nuevo los aceros pusieron el borrón en la buena caligrafía. Todo quedó en una aplaudida vuelta al ruedo.

¡Qué torería tiene Juan Ortega! Lástima que se llevara el lote menos potable. El sexto un auténtico buey de carreta. Torea Ortega con el capote con mucho fundamento. Hubo un lance a la verónica interminable. También unos delantales, lentos y bellos. Con la muleta lo intentó en sus tres oponentes, destacando en su primero. Su predisposición fue total. Ortega apunta condiciones de torero grande. Personalidad, estética, buen gusto y sobre todo un temple natural e innato. Como todo en la tarde, su labor quedó inacabada, difusa, entrecortada. No tuvo material. Aun así, Ortega mantiene su crédito.

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