Esperando a Godot | Crítica

Esperar, ¿para qué?

Alberto Jiménez y Pepe Viyuela, en una escena de la obra. Alberto Jiménez y Pepe Viyuela, en una escena de la obra.

Alberto Jiménez y Pepe Viyuela, en una escena de la obra. / Pentación

Un sábado más, las puertas del Gran Teatro se han abierto para recibir por segunda vez una obra de otro Premio Nobel de Literatura. Si la semana pasada fue García Márquez, en esta ocasión ha sido Samuel Beckett con su imprescindible Esperando a GodotLa historia nos presenta a Vladimir y Estragón, dos vagabundos que eternamente esperan bajo un árbol en mitad de un camino que no lleva a ningún lugar la llegada de un individuo al que nunca han visto, pero consideran el salvador de sus penurias.

Mientras la llegada de Godot no acurre, reciben la visita de Pozzo, Lucky y el chico de los recados. El amanecer les reúne y el tiempo lo dejan pasar intentando distraerse con lo que sea necesario: cayendo en un bucle constante de ocurrencias, juegos, discusiones y reconciliaciones hasta que el frío de la noche los separa, decepcionados por no recibir la visita de Godot pero con la tibia esperanza de encontrarse con él al día siguiente.

Antonio Simón, responsable de la dirección, realiza un acercamiento objetivo al texto de Beckett otorgando realismo a los diálogos y sus acciones, sin caer en aspavientos ni excesos, favoreciendo el contraste y el sinsentido de lo que ocurre en la obra.

Sobre la magnífica escenografía diseñada por Paco Azorín, cinco grandes actores ofrecen su trabajo impecable. Todos sin excepción entregan lo máximo en cada intervención y colman de matices a sus interpretaciones.

Alberto Jiménez y Fernando Albizu destacan en sus intervenciones llenas de energía, Juan Díaz nos sorprende con el monólogo ininteligible de Lucky y Pepe Viyuela se mete en el bolsillo al público gracias a su hábil precisión para aplicar el gesto justo y medido para cada momento. Todo el equipo consigue la difícil tarea de mantener viva la acción a lo largo de dos horas donde no ocurre absolutamente nada y el público supo apreciarlo con largos aplausos al finalizar la representación.

Con Esperando a Godot, Samuel Beckett se convirtió junto a Eugene Ionesco en uno de los abanderados del teatro del absurdo. Bajo el velo sutil de esta comedia se esconden los mayores dramas de nuestro tiempo: la ausencia de comunicación, la soledad y la incapacidad del ser humano de encontrar sentido a la existencia; donde puede que el remedio para continuar sea tener la suerte de encontrar alguien con quien compartir nuestras miserias. A mal de muchos…

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