El coronel no tiene quien le escriba | Crítica

Retrato de lo que nunca llega

Imanol Arias, con el gallo de pelea de fondo, en el Gran Teatro. Imanol Arias, con el gallo de pelea de fondo, en el Gran Teatro.

Imanol Arias, con el gallo de pelea de fondo, en el Gran Teatro. / Juan Ayala

Arranca una nueva temporada en nuestro Gran Teatro, esta vez marcada por unas circunstancias tan excepcionales que el propósito de hacer olvidar lo que ocurre fuera sin duda será más que nunca el reto a conseguir del artista que ejecuta y el mayor deseo de quienes observan. Y con esa intención recibimos este fin de semana la visita de El coronel no tiene quien le escriba, adaptación teatral realizada por Natalio Grueso de la novela homónima de Gabriel García Márquez.

La acción nos sitúa en la humilde casa donde un coronel retirado y su esposa enferma malviven de forma miserable: privándose de comer por alimentar con maíz a un gallo de pelea, único legado de su difunto hijo, mientras esperan la carta del gobierno que al fin le conceda una pensión por sus servicios prestados al ejército.

La desesperación se convertirá en el motor que impulsa un barco donde la dignidad y el hambre pelean por hacerse con el timón y mantenerse a flote resulta cada vez más difícil. Esta pugna por la supervivencia se revelará con absoluta rotundidad en las dos últimas frases de sus protagonistas, cuando la Doña pregunta a su esposo qué comerán mientras tanto y el coronel responde "Mierda", sellando a fuego un fatalismo estoico del que no se puede escapar.

La adaptación que Grueso realiza sobre el texto original comprime el relato con criterio acertado, sacando el mayor partido a los diálogos de sus personajes principales. Para ambientar y recrear la atmósfera que Márquez regala a su novela se ha apostado por la calidad, con un equipo artístico de lujo capaz de plasmar sobre el escenario esta magnífica historia.

Carlos Saura, responsable también de la escenografía, trabaja la dirección con equilibrio medido y elementos justos. El toque naif de sus dibujos proyectados para recrear las localizaciones junto al escaso mobiliario permanente favorece el dinamismo al tiempo que contribuye en mayor medida a plasmar el clima de precariedad que predomina en la obra.

Sin duda alguna, conducir al equipo de actores y actrices de la talla que dispone la producción no ha debido ser su mayor problema. Fantástico trabajo el de Jorge Basanta, Fran Clavo y Marta Molina con sus papeles corales, reforzando más aún a la pareja de protagonistas conformado por Imanol Arias y Cristina de Inza. Juntos conforman un tándem perfecto que regala momentos llenos de emotividad. El público así lo reconoció con el aplauso extendido que dedicó al reparto finalizada la representación.

¿Es posible conservar la dignidad cuando no hay nada para llevarse a la boca? García Márquez nos pone en situación y rompe una lanza en favor del derecho de los seres humanos a resistir y afrontar la adversidad con entereza. Cuánta falta nos hace escucharlo.

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