DEL CUARTETO A LA ORQUESTA SINFÓNICA | CRÍTICA Del cuarteto a la orquesta y viceversa

Un momento del recital en el Gran Teatro Un momento del recital en el Gran Teatro

Un momento del recital en el Gran Teatro / Laura Martín

Interesantísimo concierto el décimo de abono de la Orquesta de Córdoba. El programa tenía un interés educativo añadido a los de la originalidad, variedad y alto valor musical.

Empezando por esto último, las cuatro piezas programadas son obras maestras. El Cuarteto n. 3 de Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826), compuesto con tan sólo dieciséis años, es una delicia que recuerda por momentos algunos de los rasgos que asociamos a los grandes maestros de la forma, como Haydn (que parece estar presente en el tercer movimiento) o Beethoven (segundo tiempo). Fue impecablemente tocado por el Diogenes Quartett y largamente aplaudido por el público que, curiosamente, no llenaba esta vez el Gran Teatro de Córdoba.

También de altísimo valor artístico son las otras tres obras de Ralph Vaughan Williams (1872-1958), Joseph Haydn (1732-1809) y Bohuslav Martinů (1890-1959), que aportaron, en su diversidad de formas (fantasía, sinfonía y concierto) y estilos, un plus de amenidad a la velada. Esta diversidad fue magníficamente entendida y plasmada por la dirección siempre inteligente y altamente expresiva de Domínguez-Nieto, que confirma velada tras velada un poder evidente para hacer crecer a la Orquesta de Córdoba.

Ambos, orquesta y director, estuvieron magníficos en Haydn y en Vaughan Williams y brillantes en el espectacular concierto de Martinů. Hay que destacar también la conjunción lograda con el cuarteto solista. Sus cuatro miembros hicieron gala de un sonido precioso y de altas dosis de maestría y entusiasmo interpretativos. Maravilló el timbre precioso de la violista Alba González.

Digamos algo sobre la originalidad del repertorio. Ésta se centraba especialmente en las dos obras para cuarteto y orquesta. Conviene recordar que, aunque solemos asociar la forma concierto a la idea de un único solista que dialoga con la orquesta, desde su nacimiento en el Barroco había otros tipos de concierto: sin solista específico (ripieno) o con varios solistas.

A estos últimos se les llamaba concerti grossi, modalidad por la que el checo Bohuslav Martinů, muy interesado como el inglés Vaughan Williams por las antiguas formas renacentistas y barrocas, sentía una singular fascinación.

Al parecer, en alguna ocasión manifestó que él era un “tipo concerto grosso”, aludiendo seguramente a ese gusto (manifestado por el compositor sobre todo a partir de 1930) por las texturas en las que los solistas lo son solo por momentos, integrándose en el resto de pasajes en el tejido orquestal. Pero la originalidad de la obra está en la infrecuente elección de la formación cuarteto de cuerda (dos violines, viola y violonchelo) y no otra como elenco solista, feliz ocurrencia que al parecer fue fruto de una petición expresa del Cuarteto Pro Arte de Bruselas.

La vitalidad rítmica de esta obra contrasta con el carácter religioso de la fantasía de Vaughan Williams sobre un tema de Tallis (h. 1505-1585), obra bellísima proyectada por el compositor para resaltar tanto su gusto por la polifonía del Renacimiento inglés como por las características de la acústica de la catedral de Gloucester. Las de nuestro Gran Teatro (con su sonido seco y apagado) son no sólo diferentes sino hasta opuestas, pero ello no impidió el disfrute de esta obra intensa.

Y tampoco fue obstáculo alguno para la consecución con creces de ese extra educativo a que aludía al principio y que hizo de la velada también una lección de música. Se nos invitaba a mirar alternativamente a la orquesta y a esa expresión suya en miniatura que es el cuarteto de cuerda (una conversación educada entre cuatro personas inteligentes, al decir de Goethe)… Y ello con gafas bifocales (Arriaga, Haydn), progresivas (las deliciosas transiciones como de órgano de la obra de Vaughan Williams) e incluso de colores: Bohuslav Martinů. Gracias a todos por esta magnífica velada de Feria.

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