La autoridad moral de Vicens Vives

Este año se celebra el centenario del nacimiento del gran historiador catalán, una permanente fuente de inspiración y esperanza para quienes se asomaban a la Historia de España en los últimos años del franquismo

La exposición itinerante sobre el historiador ha recalado en Sevilla y Baeza, ciudad ésta donde trabajó.
La exposición itinerante sobre el historiador ha recalado en Sevilla y Baeza, ciudad ésta donde trabajó.
Jaime García Bernal

01 de noviembre 2010 - 05:00

Al cumplirse este año -el pasado 6 de junio- del centenario del nacimiento del gran historiador catalán Jaume Vicens Vives, cabe hilvanar una serie de reflexiones sobre la memoria de la España más reciente que él supo explorar ligando la experiencia de tres generaciones: la de sus maestros, generación de los intelectuales de la República, malherida por la cruel embestida de la guerra; la suya, compartida por los hoy nonagenarios que vivieron en plena madurez la difícil reconstrucción moral e intelectual del país después de aquellos trágicos acontecimientos, grupo que él bautizó como Generación del 48 y que reuniría a sus admirados compañeros Vicente Palacio Atard y Pedro Laín Entralgo, junto a los historiadores catalanes Joan Reglà o Ferrán Soldevila; y finalmente la cohorte generacional de los jóvenes que se iniciaban en las lecturas de Historia en los años 50 y para quienes las ideas del ya por entonces catedrático de la Universidad de Barcelona fueron una continua fuente de inspiración en sus investigaciones.

Jaume Vicens, hombre de imponente figura y cuya sola presencia, como ha recordado recientemente Jordi Pujol, irradiaba una natural autoridad moral sobre sus compañeros y discípulos, supo recoger lo mejor de la primera generación, galvanizar los esfuerzos desfallecidos de sus contemporáneos y transmitir este legado a los más jóvenes, manteniendo un delicado equilibrio entre la rectitud profesional derivada de las responsabilidades académicas que nunca esquivó, y su compromiso por las libertades que nacía de un profundo conocimiento de la Historia. Su inteligencia para la investigación y sus dotes naturales de organización se pusieron, de este modo, al servicio de la regeneración del país en tiempos recios para la universidad española y de postración de la lengua y cultura catalanas. Sin embargo, lo más asombroso de su biografía es que todo esto que pasó pudo muy bien no haber ocurrido.

En la exposición itinerante sobre su obra y su legado que, organizada por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, pasó fugazmente por el Archivo de Indias en Sevilla y continúa su curso por Zaragoza y Madrid, hay un dato altamente revelador sobre quién era Vicens Vives, que aporta, además, una insólita clave de lectura de su historia personal: el joven profesor, a punto de atravesar la frontera de los Pirineos junto a cientos de paisanos, en los penosos días del invierno de 1939, decide volver atrás y regresar a Barcelona.

Mucho se ha escrito sobre el valor de la renuncia del exiliado en situación de desamparo e incertidumbre, pero no fue menos estimable el coraje de aquellos que permanecieron en España en circunstancias igualmente dramáticas. La decisión le costó a Vicens Vives la suspensión de empleo y sueldo durante dos años y el traslado al instituto de Baeza (episodio poco conocido que José Luis Chicharro ha reconstruido en el último número de la revista Andalucía en la Historia); pero a cambio los españoles ganaron un historiador de talla internacional, un pensador comprometido con su pueblo y un gran divulgador que aprovechó aquella etapa de exilio interior para poner las bases de la editorial Teide, con cuyos libros muchos niños españoles aprendieron Geografía e Historia por primera vez.

Cuando por fin Vicens ganó la cátedra de Zaragoza en 1947, había puesto las bases de una personalidad como historiador que siempre destacó por armonizar la investigación, la docencia y el compromiso social. De la calidad y extensión de su obra, truncada sin embargo por su prematura muerte en 1960, da cuenta el epistolario en dos tomos, publicado en los Quaderns del Cercle, por el que desfila lo más granado de la historiografía europea del momento: Fernand Braudel, Carlos M. Cipolla, José A. Maravall, Philippe Wolff, Pierre Vilar... quienes les honraron con su confianza y amistad.

Su monumental tesis en tres volúmenes, Ferrán II i la Ciutat de Barcelona (1479-1516), publicada en 1936-37, mereció elogiosas críticas, y su continuación en Fernando el Católico. Príncipe de Aragón, rey de Sicilia (Madrid, 1952), el reconocimiento internacional. Paralelamente cultivó el ensayo con Aproximación a la Historia de España y su Noticia de Cataluña, mientras coordinaba ambiciosos proyectos de recopilación documental como el Índice Histórico Español, cuyo primer número apareció en 1953. En 1957 abordó la síntesis histórica en la novedosa Historia social y económica de España y América (1957), proyecto en el que colaboraron, entre otros, Antonio Domínguez Ortiz y Guillermo Céspedes del Castillo. La obra representó la plasmación, en el ámbito hispanoamericano, de los postulados de la Nueva Historia, atenta a las constantes económicas y sociales, que el historiador catalán había asimilado en el Congreso Internacional de Ciencias Históricas de París celebrado en 1950.

Pero más que por los planteamientos de la Escuela de Annales, Vicens Vives quedó fascinado en París por la idea de las coherencias sociales del historiador británico Arnold J. Toynbee, método que incorporó a sus estudios posteriores, centrados en la coyuntura industrial del siglo XIX. Lejos de la imagen del héroe romántico, el sujeto histórico se definía, según el historiador inglés, dentro su tiempo y en diálogo con su generación: singular crisol donde se decidía la capacidad de respuesta al desafío colectivo que señalaba el progreso de una civilización.

No sabemos si Vicens hizo de esta teoría de la Historia norma de vida o si reconoció en ella el molde de una intensa actividad pública en gran parte ya recorrida. Lo cierto es que su figura capitalizó, como el individuo de Toynbee, los ideales de cambio de la década de los 50, sirvió de consuelo y de esperanza a las vidas marcadas por la Guerra Civil en los años 30, y dejó una profunda huella en la generación de jóvenes que se asomaban al conocimiento de la Historia de España en la última etapa del franquismo. Una vida y tres generaciones.

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