tribuna de opinión

Venancio Blanco y la liturgia de la expresión (in memoriam)

  • Concha recuerda al escultor y amigo, del que destaca que se acercó, como difícilmente se podría hacer, a esa liturgia intimista que surge del fenómeno religioso, del mundo taurino o del flamenco

Venancio Blanco y la liturgia de la expresión (in memoriam) Venancio Blanco y la liturgia  de la expresión (in memoriam)

Venancio Blanco y la liturgia de la expresión (in memoriam)

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Conocí , hace muchos años, a Venancio Blanco a través de su inseparable amigo y pintor Antonio Povedano; ambos habían recorrido juntos sus primeros pasos en la aventura creadora de su formación artística y quedarían entrelazados en el sentimiento de la amistad para siempre, hasta la muerte de ambos. Recuerdo que en aquellas esporádicas visitas a Córdoba nos reuníamos, a veces, con otros amigos de nuestra tertulia y entre copa y copa oíamos atentos sus comentarios y sus opiniones siempre ponderadas y profundas, con ese especial tono filosófico que se desprendía de su conversación. Desde el principio, me impresionó el humanismo que emanaba de Venancio Blanco, su rico diálogo, fluido y austero a la vez y siempre matizado por esa búsqueda de la armonía con cuanto le rodeaba.

Hace tiempo, leyendo una entrevista que le hacían a José Saramago en la que destacaba esa necesidad de vivir armoniosamente con su mundo cotidiano, muchas veces antes había oído a Venancio Blanco expresarse en términos parecidos; había una necesidad en él de mantener ese equilibrio, espiritual y material con cuanto le rodeaba, aunque fuera algo tan sencillo como ese árbol que veía crecer en el patio de su estudio y que buscaba, ascendente, la luz y el espacio. Su obra, fiel reflejo de su personalidad, fluía de esa búsqueda y de ese talento, que le hacía aprehender el alma de las cosas, vaciándolas de lo superfluo y extrayendo su dimensión más esencial. Desde mi dimensión de observador, que no de experto, siempre me he acercado a la obra de Venancio Blanco con emoción, de ella emana ese misterio que el artista evoca, fruto de su intimismo hondamente sentido, que le hace sin duda quedarse con lo esencial y acercarnos a ese momento vivido ante el cante o baile flamenco, o ante esa majestuosidad de la liturgia taurina, que desde niño clavó en su retina. Venancio, desde su austeridad salmantina, transmitía una serenidad contagiosa, con su especial sentido del humor sorprendía a cuantos hemos tenido la suerte de compartir momentos con él. Hombre de talante abierto, de fácil diálogo, impregnado de esa capacidad docente capaz de transmitir sus conocimientos y sentimientos a sus alumnos y amigos.

Le he visto junto a sus alumnos de los cursos de Escultura en Priego de Córdoba, le he visto con su alma joven e imaginativa acercarse a todos con la palabra justa, con esa sencillez casi monacal, que lo ennoblecía. En todos despertaba una especial admiración, ganándose el aprecio y cariño de ellos cuando, verano tras verano y por invitación de su amigo Povedano, impartía esos cursos de iniciación, lejos de su estudio, transmitiendo de manera generosa no sólo sus conocimientos plásticos, sino su especial manera de ser, de vivir y buscar el alma de las cosas.

Como artista total y como hombre, siempre le veíamos en esa búsqueda de la verdad, de la autenticidad, de la armonía, que nacía de su equilibrio personal y de su afán de estar atento a cuanto le rodeaba. Bastaba observarlo en sus últimos años, cuando se acercaba por Córdoba al Concurso Nacional de Arte Flamenco, y vivía día a día, momento a momento, atento a cada gesto, a cada llamada expresiva que surge de ese duende flamenco. Él observaba, grababa en su mente y en su sensibilidad esas sensaciones hondamente vividas, que luego verían la luz en esos espacios y volúmenes sugerentes que cada obra suya representa.

El arte sacro, el mundo de los toros y el flamenco, están sin duda, unidos por la liturgia de la expresión; hay un denominador común que nace de ese misterio cuando el hombre se enfrenta a las sensaciones vividas en su interior, a su soledad, a su destino. Por eso, no es de extrañar que él expresara en su Apostalario flamenco esa comunión, que lejos de escandalizar nos acerca al sentimiento de un hombre comprometido con su espíritu y con su arte. En ese hermanamiento plástico, guiado por esa liturgia de la expresión, Venancio encontraba la razón de su ser creativo. Como artista total, la materia era el vehículo que utilizaba para expresar esas sensaciones vividas y sentidas, que cobran su razón de ser cuando nos transmiten la emoción, que el artista volcó en ellas. Venancio se acercó, como difícilmente se podría hacer, a esa liturgia del misterio, a esa liturgia intimista que surge del fenómeno religioso, del mundo taurino o del flamenco, como un todo expresivo. Venancio Blanco falleció en Madrid el pasado 22 de febrero. Descanse en paz.

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