La transfiguración del mastodonte | Crítica Palabra de mastodonte

Asier Etxeandía, en un momento de 'La transfiguración del mastodonte'. Asier Etxeandía, en un momento de 'La transfiguración del mastodonte'.

Asier Etxeandía, en un momento de 'La transfiguración del mastodonte'. / Laura Martín

Sábado 30 de noviembre 20:30. Sobre el escenario del Gran Teatro convertido en la habitación de hospital, un equipo de personas ataviadas con monos blancos intenta a duras penas mantener a flote las constantes vitales del paciente moribundo. La línea del electrocardiograma refleja la inminente llegada del momento que tarde o temprano llega a todos, sin excepción. La vida acaba. Comienza la transfiguración.

La habitación de hospital desaparece para descubrir el verdadero instrumental que va a operar. Casi mil almas serán testigos de la intervención de más de noventa minutos, donde un equipo de músicos y asistentes de escena ayudarán al paciente que cruzó el umbral a mostrar su verdadera naturaleza.

El bep del electrocardiograma se diluye sobre el abanico de ritmos que inundan la escena: bossa, clásica, rock, funk, góspel, electro, pop, dance... son el hilo musical sobre el que Asier Etxeandía sumerge al público en su visión particular de lo que significa la vida y cómo debe ser experimentada: rompiendo esquemas y juicios de valor que sometan nuestra voluntad para conseguir ser libres y auténticos. Enrico Barbaro como cirujano jefe que orquesta todo el instrumental aplica el toque justo para que el Mastodonte se eleve y nos atraviese. Pasado y futuro no existen. Solo hay cabida para el aquí y ahora.

Etxeandía hipnotiza, sobrecoge y seduce. Engulle a todos los presentes y con placer disfruta de cada bocado que nos devora. La operación transmuta en rito y ceremonia. El paciente moribundo reaparece convertido en chamán que comparte con los iniciados el camino hacia la luz.  Con él bailamos, reímos y lloramos.

La comunión permanente se palpa y valoramos cada instante vivido como un acto rotundo de amor y generosidad porque Asier no se guarda nada. Se exprime sobre el escenario hasta la última gota. Cada espectador lo siente al extremo que es incapaz de abandonar la sala cuando termina el concierto. Afuera está la realidad, cargada de complejas pequeñeces que atrapan y ciegan. Mastodonte nos ha abierto los ojos por un momento. De nosotros depende seguir manteniéndolos así. Gracias.

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