Temple y fogosidad
Se quedó con ganas de más baile el público que llenó el Gran Teatro el pasado miércoles para ver a Manuela Carrasco. Y es que cuando un espectáculo transcurre con la fluidez e intensidad que tuvo Suspiro flamenco sabe a poco; pero también es cierto que es preferible una hora de selecto baile a dos de constantes reiteraciones en pasos e ideas coreográficas con las que a menudo hay que despacharse.
Ante el espectador, una sobria puesta en escena en la que los músicos fueron situados a izquierda y derecha del escenario presidido por un caballete, en el que fueron colocándose los cuadros alegóricos a cada baile de Manuela Carrasco.
Los bailes de Rafael de Carmen y Rafael Campallo fueron alternándose con los tres realizados por la protagonista, dos de ellos incorporados como novedad en su habitual repertorio: tientos y fandangos de Huelva.
Con Manuela Carrasco los detalles técnicos, aun siendo importantes y que deben ser tenidos en cuenta, quedaron en un segundo y hasta tercer plano, porque la artista ejerció una vez más de bailaora que sólo plantea la técnica como base para alcanzar el clímax artístico que justifica lo flamenco y su baile.
El primer baile de la terna fueron unos tientos en los que la bailaora sintetizó posturas en armoniosa colocación de la figura, con incisivo zapateado subrayando la austeridad del compás, pulsación que resultó básica en un baile bien escalonado.
Elaborar una coreografía para unos fandangos de Huelva y no caer en la trivialidad que hace prever el propio argumento musical primario que los sustenta es ya todo un logro. Para una bailaora de las hechuras de Manuela Carrasco, tomar la decisión de bailar unos fandangos de Huelva ha sido un reto porque le ha supuesto inmiscuir la tensión propia de otros bailes tenidos en alta valoración en una coreografía ciertamente volátil para, desde un principio, formalizar un baile con identidad. Sobre la base del fandango de Huelva, la música ideada por Joaquín Amador -responsable del argumento musical del espectáculo-, la bailaora presentó su perfil más moldeable. Manteniendo la firmeza en pies enarboló con elegancia brazos para embeberse en un sutil movimiento de manos, discurriendo luminosa por el escenario e insuflándole al baile carácter flamenco.
La rúbrica del espectáculo llegó con la soleá, baile en mayúscula y más tratándose de Manuela Carrasco, baile inherente a su ser flamenca. Cuando la trianera se plantó en el escenario invocada por los primeros compases de la soleá y los ayes de Enrique El Extremeño, un especial magnetismo se apoderó de la sala. Sólo la verticalidad de su figura y el trazo de sus brazos al aire ya justificaron el haber asistido a esta cita. Manuela y su soleá, validando la frase taurina de "templar y mandar". La bailaora fue directa a las claves vitales de este baile, sin rodeos, con un zapateado preciso y contundente, una magistral escobilla y la fogosidad expresiva que mueve al fervor. Manuela se mostró en plena madurez artística; sedimento de arte flamenco atisbado en tres bailes, coronados por la soleá.
Suspiro flamenco permitió también contemplar el baile de Rafael de Carmen y Rafael Campallo, soleá por bulerías, alegrías y tangos; proclama de buen baile joven, con desparpajo, calidad y bastante recorrido.
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