Antes de Stalingrado

La primera parte del ciclo que Grossman dedicó a la guerra germano-soviética muestra a un gran escritor que permanece aún fiel al realismo socialista aunque con todas sus virtudes

Ignacio F. Garmendia

01 de agosto 2011 - 05:00

El éxito internacional de Vida y destino ha despertado en todo el mundo el interés por la figura y la obra de Vasili Grossman (1905-1964), que en apenas unas décadas ha pasado de ser un escritor silenciado en su propio país a recibir los honores debidos a uno de los grandes narradores rusos del siglo XX, comparado con Gorki, Chéjov o, sobre todo, Tolstói. Entre nosotros, el formidable relato del cerco de Stalingrado ya había sido dado a conocer por Seix Barral a mediados de los ochenta, en una versión traducida del francés, pero fue la traducción directa del original, publicada en 2007, la que relanzó definitivamente la novela, coincidiendo con una oleada de reconocimiento universal que ha hecho de Grossman un escritor ineludible. La misma editorial, Galaxia Gutenberg, ha publicado la inacabada Todo fluye (2008) y el volumen misceláneo Años de guerra (2009), a los que se suma ahora la novela anterior a Vida y destino, que al contrario que su continuación pudo ser publicada en vida del autor.

El itinerario editorial de los libros de Grossman no permitía predecir una proyección póstuma semejante. Los primeros relatos y novelas que publicó -El pueblo inmortal (1942) se incluye en el último de los títulos citados- se mantuvieron en la órbita del realismo socialista, no en vano el autor simpatizaba con los bolcheviques y llegó a pertenecer a la Unión de Escritores Soviéticos. De hecho, cuando los alemanes lanzaron la Operación Barbarroja, Grossman se unió a las tropas rusas como corresponsal de Estrella Roja, el periódico del ejército. De entonces datan las experiencias recogidas en Por una causa justa (1952) y Vida y destino (1980), además de sus célebres reportajes sobre los estragos en el frente o las matanzas en Ucrania y Polonia -Grossman fue uno de los primeros en documentar el Holocausto-, que después de la guerra le llevarían a participar, junto a Ilya Ehrenburg, en un proyectado Libro Negro sobre el genocidio de los judíos, frenado por las autoridades soviéticas. Él mismo era judío y su madre había muerto asesinada por los nazis, pero para entonces Stalin, acogido a la habitual retórica nacionalista, ya no ocultaba su antisemitismo.

Conmocionado por los horrores de la guerra, Grossman aún no se había distanciado de un régimen que ya lo miraba con desconfianza y en adelante le negaría la posibilidad de publicar nuevos libros. La edición de Vida y destino, su obra maestra, fue rechazada en 1960, y el original de Todo fluye se salvó milagrosamente. Es imposible no tener en cuenta la futura disidencia de Grossman a la hora de leer Por una causa justa, donde el autor asume la ortodoxia del relato oficial pero no abunda en loas a la burocracia de Stalin, lo que no pasó desapercibido a los censores. Al contrario que en Vida y destino, era todavía un pecado de omisión, de falta de entusiasmo partidista, que no había derivado a actitudes abiertamente subversivas. Sin ir más lejos, el título de la novela -premiada con la Bandera Roja al Trabajo- reproduce la famosa consigna de Molótov con la que las autoridades soviéticas alentaron la resistencia, heroica y desesperada, frente a la invasión de las tropas nazis.

Por una causa justa recrea el tiempo inmediatamente anterior a la batalla de Stalingrado, verdadero punto de inflexión en la Gran Guerra Patria, como fue llamada en la Unión Soviética. La "ofensiva del fascismo" ha llegado hasta Rusia, "el último enemigo del nuevo orden que aún quedaba en el continente", y los alemanes avanzan triunfalmente en el llamado frente oriental. La brutal irrupción del ejército nazi deja ciudades y paisajes devastados y conmociona la vida de millones de personas, cifrados por Grossman en toda una constelación de personajes -algunos de los cuales, como el científico Shtrum y otros miembros de la familia Sháposhnikov, reaparecerán en Vida y destino- que representan el engranaje ideal de la sociedad soviética: soldados, comisarios, técnicos, intelectuales, obreros o campesinos, a menudo gente sencilla pero fortalecida por los ideales revolucionarios. La exaltación de los valores y la capacidad de sufrimiento del pueblo ruso tiene un aire indudablemente propagandístico, pero la capacidad dramática del autor se eleva por encima del mero panfleto para construir una tragedia de dimensiones colosales.

Muy poco tiempo después de publicada esta novela, Grossman vio claramente -y tuvo la osadía de reflejarla por escrito- la simetría criminal entre el nazismo y el estalinismo, lo que junto a su retrato veraz y nada complaciente del orden soviético eleva a Vida y destino a una altura moral inigualable. Pero gran parte de sus virtudes como escritor estaban ya en la primera parte del ciclo: la mirada abarcadora, la dimensión épica y un trasfondo humanista que trasciende credos e ideologías. Siendo hasta cierto punto una de las cumbres del realismo socialista, lo que no es decir mucho, Por una causa justa es también un relato emocionante y una minuciosa obra de ingeniería.

Vasili Grossman. Trad. Andréi Kozinets. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2011. 1.090 páginas, 26 euros

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