Crítica de Flamenco

Conciliación del toque flamenco, el clásico y demás

Rafael Riqueni, durante su concierto del pasado jueves. Rafael Riqueni, durante su concierto del pasado jueves.

Rafael Riqueni, durante su concierto del pasado jueves. / Jordi Vidal

Hermoso recital con la sonanta de Rafael Riqueni -Premio Ramón Montoya del Concurso Nacional de Córdoba 1977, con 14 años y sobrada maestría, sorprendiendo al mismísimo jurado y  competidores, según Agustín Gómez-, se celebró el jueves pasado en el Teatro Góngora recreando ante seguidores de nuestros pagos, algunos de los temas reunidos hace más de un año en Parque de María Luisa, registrado en estudio. Último disco de los más de media docena que tiene en el mercado, exponiendo gratos momentos de sus recuerdos, en singular composición en pasajes vividos en bellos rincones bucólicos de su ciudad natal. Para ello puso en juego la evolución personal con su romántico y rotundo instrumento de seis cuerdas, reflejando sin complejos el llamado "impresionismo" que aquellos, sin dar la espalda al dominio musical flamenco que tiene asumido, denominan como la clásica hispana.

Así, de las 15 creaciones impresionadas por Riqueni en cedé -¡Lo que se perdieron los no asistentes!-, el guitarrista sevillano expuso un seductor y fascinante repertorio, recuerdo del espacio vegetal urbano, con un ramillete de ellos, destacando él Trinos, Bulerías del parque y Tangos del búho, dando rienda suelta a impulsos liberadores de ataduras que pudiesen impedirle que el genio compositivo sufriera una cautividad castradora y limitativa para expresarse componiendo desde el flamenco y no. Obras que reflejan su percepción musical con cierto acento nacionalista de las partituras de esta piel de toro ibérica, que nunca debió propiciar la secesión del cordófono más español que existe (Gallardo del Rey dixit). Continuó en una segunda parte por tarantas, soleá, rondeñas, un bolero, fandangos de Huelva dedicados a Niño Miguel, bulerías a Manuel Molina y, para clausurar el concierto, rumbas. 

Suma exquisitez y buen gusto, Riqueni se ha convertido en un brillante concertista tras haber admirado lo que Niño Ricardo legó y, después, confraternizando con Paco de Lucía, intimidado por la lucidez de tan grandes genios, iniciándose en su tan prometedora carrera, volcándose en el instrumento de las seis cuerdas flamencas, con el cual se placeó, consiguiendo un contingente de seguidores que encontraron un continuador celoso de difundir su oficio dejando su personal impronta artística, aunque con el tiempo, añorando la que se estudia en los conservatorios. Eso sí, sin menospreciar la que desde Andalucía ha venido conquistando al mundo, aprendiendo y reflejando la que acometía Andrés Segovia, Turina, Falla, Tárrega y tantos otros músicos compatriotas.

Un elogiable Parque de María Luisa rodeado de legítimos virtuosos, reflejando las músicas universales que incluyen al flamenco. Hay que considerar asimismo a los destacados acompañantes que junto a  Riqueni dejaron ver su procedencia andaluza, que no vienesa, por sacar a colación la más importante del mundo. Resultando que, cuando unos tocados con la gracia tañen con el amor que lo hizo el sevillano, nos recordó a los grupos de cámara, con seductores trémolos, dulces punteos, delicado pulgar, una mano izquierda relajada acariciando el diapasón, como para que la audiencia, emocionada, no pudiese reprimir su agrado ovacionando tan aseado y armonioso concierto.

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