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Crítica de Flamenco

Olga de las maravillas

La cordobesa Olga Pericet, con bata de cola roja, bailando por alegrías. La cordobesa Olga Pericet, con bata de cola roja, bailando por alegrías.

La cordobesa Olga Pericet, con bata de cola roja, bailando por alegrías. / miguel ángel gonzález

Pocas artistas hoy en día tienen la capacidad para mutar como muta en un mismo espectáculo Olga Pericet, una bailaora camaleónica y transversal en todo lo que hace. Partiendo de esa cualidad, ha creado un mundo paralelo en el que se mueve como pez en el agua. Así discurre La espina que quiso ser flor o la flor que soñó con ser bailaora, un espectáculo que no es más que la confirmación, si alguno/a aún tiene duda, de que estamos ante una de las bailaoras que marcan época.

Lo más importante en esta ocasión es que ha encontrado la horma de su zapato con Carlota Ferrer, que ha conseguido exprimir de su ya de por sí completa personalidad facetas teatrales hasta ahora desconocidas. Con todo ello han puesto en escena un montaje, que se estrenaba el pasado martes, que supera con creces sus anteriores trabajos, y eso que aquel Rosa, metal y ceniza que protagonizó hace unos años ya tenía un nivel altísimo.

Esta nueva propuesta, aparte de una estructura bien planteada y una escenografía limpia y llegadora, contiene a lo largo de la más de hora y media de duración dos detalles fundamentales, emoción y sorpresa. Mantener la atención del espectador no es fácil pero esta vez Olga y Carlota lo han conseguido. A veces mediante el humor, otras con el baile y otras tantas con el cante y la guitarra, porque contar con un elenco como el que había el martes, con Miguel Lavi, Miguel Ortega, Pino Losada, Antonia Jiménez y Jesús Fernández, es garantía segura. Ortega es un volcán y todo lo que toca lo convierte en oro (granaína, fandangos, tanguillos...), Lavi aporta la jondura (pregones, fandangos, bulerías...) y acaba con estereotipos anquilosados pues asume con decencia la teatralización, y Pino Losada y Antonia Jiménez se destapan como creadores. La guinda es Jesús Fernández, un bailaor elegante, que maneja la técnica con la misma donosura con la que se mueve por la escena y que, quizás lo más importante, vertebra el espectáculo a la perfección.

Y de Olga, ¿qué podemos decir? Simple y llanamente que es capaz de pasar de un extremo a otro sin darnos cuenta, es decir, de maravillarnos con el clásico español, engancharnos con coreografías más contemporáneas como la que protagoniza con Jesús Fernández transformándose en una gallina (a modo de simbología lorquiana) y, por supuesto, bailar como los ángeles cuando acude al flamenco más racial. Por bulería por soleá estuvo perfecta, y enorme por guajiras y alegrías. Esa mujer que pasa por diferentes momentos y situaciones te lleva a un espectáculo muy visual (con un vestuario llamativo y poético) donde su cuerpo se sitúa en el límite como si anduviese sobre un alambre, y en el que la emoción se mantiene siempre, a flor de piel.

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