Mixtura en el baile para desnudar su alma

Joaquín Cortés, el pasado jueves en la Axerquía.
Baldomero Pardo

16 de julio 2011 - 05:00

'Calé'. Baile, coreografía, y dirección: Joaquín Cortés. Cuerpo de baile: Alexia Ambite, Raquel González, Raquel Caurín, Montserrat Selma, Isabel Ramírez y Paloma Colmena. Acompañamiento musical: seis cantaores, dos guitarras, violín, contrabajo, bajo, saxo, trompeta, teclado, y tres percusionistas. Fecha: jueves 14 de julio. Lugar: Teatro de la Axerquía. Tres cuartos.

Los aficionado al flamenco que nos fijamos en Joaquín Cortés u otros artistas de vanguardia, hemos de aclarar desde qué prisma lo contemplamos. Pues, introducidos en este arte al albur del neoclasicismo, antes de tomar partido nos tentamos la ropa porque nuestro gusto está condicionado por unos sabores basados en ingredientes y formas tradicionales. Empero, como estamos en el mundo, no queremos ni podemos ignorar que existen otras ofertas igual de seductoras y que una vez catadas, nos gusten más o nos gusten menos, volvamos a lo nuestro, sin despreciar lo demás y sin imponernos como definitivo, ni quedarnos, para los restos, con las nuevas elaboraciones de diseño, ni con nada. Sirva como advertencia.

Al gusto cañí del artista cordobés instalado en Madrid desde niño, gitano y además flamenco, no debió afectarle dejar su ciudad natal pues se trasladó a la capital su familia y su mentor para el baile -un tío suyo-. Con estas condiciones tendría más razones para animarse y sentirse como en su propia casa, aprovechando las muchas oportunidades que se le pudieran ofrecer si quería prestarle atención al flamenco. Claro que también había otras ofertas artísticas en baile que le iban a atraer.

Y así, con doce años, se iniciaría en la danza y, por su talento, pronto formó parte del Ballet Nacional de España. Con 16 años llegó a ser bailarín solista y se dio a conocer por medio mundo, ganándose la admiración de figuras de enorme talla. Esta fulgurante trayectoria, cómo no iba a ser un motivo de orgullo para los cordobeses, aunque para los flamencos ni fu ni fa. Pero, henos aquí que, desde ese momento, su proyección en la danza no sólo quedó para la clásica de su aprendizaje o la moderna y contemporánea, sino que dejó entrever lo que corría por sus venas y el peaso bailaor flamenco que albergaba.

Mas, lo que los aficionados esperamos de Cortés cuando decidimos asistir a sus espectáculos, es verlo -y crecernos sin chovinismo, como cuando lo vemos pasear por Córdoba, porque él no ha perdido sus vínculos e interés por sus raíces, así lo confesaba; pataletas aparte, con razón o sin ella, por no haber participado en el proyecto de Córdoba 2016-, admirar su genio, su sentido de la creatividad. Y, por encima, después de las incursiones hechas en otras manifestaciones de la danza, ver sus desplantes y flamenquería, que él no quiere ni puede ocultar, pellizcando y emocionando si los duendes afloran en una soleá, por tangos o bulerías. Eso, además de sus demostradas dotes de coreógrafo.

Y ello, Joaquín Cortés lo disfruta, y se lo hace disfrutar a los suyos. Caso de Calé, estrenado allá por marzo de 2009 y que ha "dedicado a la luz de mis ojos: mi madre". Es un recorrido recolectando las esencias de sus mejores obras, ya exhibidas en estos últimos veinte años. Y eso fue lo del pasado jueves en la Axerquía, luciendo sus dotes como bailarín, coreógrafo, y menos como bailaor, junto al ballet de jovencitas, todo su elenco, plugo que denota, danzando, brincando mucho, y aportando siempre la marca de la casa.

Y así, en esta función, se afianzó en su estilo personal, sin acomodarse en la rutina, que nada tiene que ver con su talante. Lo que apreciamos en este montaje es un derroche de efectos especiales y decibelios, para mí excesivos, que sin duda restaron elegancia, aunque también nos hubiera gustado que hubiese exhibido nuestro arte más vernáculo. Seguiriya, muchas bulerías de diferente factura, cantiñas, tangos. Un solo al toque por levante, de Montoyita; una reunión al uso -sólo de varones- para el cante, toque y el baile de él, con largas tandas de bulerías y tangos, para acabar, incorporando a los demás músicos, con ritmos antillanos mezclados con bulerías al golpe. Todo para quedarse solo en el escenario. Pero, tras darse un baño de multitudes bajando a mezclarse con el público -feliz por estar entre sus paisanos-, se imbuyó a palo seco en una tanda de zapateados, mudanzas, escobillas y desplantes, algo que se acercara al flamenco; para desembocar en la apoteosis final con todos los artistas presentes saludando al ritmo de rumba caribeña, mientras el público, generoso y educado si lo hay, aplaudía.

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