Orquesta de Córdoba | Crítica

Manuel Hernández-Silva

Manuel Hernández-Silva saluda al público. Manuel Hernández-Silva saluda al público.

Manuel Hernández-Silva saluda al público. / Juan Ayala

El milagro de delicadeza, emoción y equilibrio en que consisten las últimas obras de Mozart, y muy especialmente las maravillosas tres sinfonías del verano de 1788, supone un reto impresionante para quienes (orquestas y directores) han venido afrontando su interpretación desde entonces.

Hay una exigencia casi camerística en cada atril y cualquier pequeño fallo parece notarse más que en otros repertorios; el mínimo desajuste parece arruinar la filigrana sutil de las texturas; hay además una demanda altísima de concentración y acierto por parte del director al escoger los tempi y, sobre todo, al organizar la presencia de los diferentes planos sonoros en que Mozart basa en gran medida las diferentes atmósferas dramáticas con que articula su sorprendente discurso musical.

Así comencé mi crítica, en este mismo medio, del concierto del 14 de abril de 2011, en cuya primera parte Hernández-Silva, a la sazón director titular de la Orquesta de Córdoba, ofreció la antepenúltima sinfonía de Mozart.

Tras los aplausos, el director pidió al público que siga "mimando a su orquesta"

A continuación, decía que, a mi juicio, los precitados requerimientos no se lograron del todo en aquella velada. Me gustó mucho comprobar que en la del pasado jueves sí. La sinfonía n. 39 de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) sonó espléndida.

Mejor aún, si cabe, me pareció la interpretación de la sinfonía n. 9 de Dimitri Shostakovich (1906-1975), obra atípica dentro de la forma sinfónica. La pieza está en la misma tonalidad que la obra de Mozart, mi bemol mayor, asociada entre otros a los temas heroicos y victoriosos.

Pero Shostakovich hace una utilización muy heterodoxa de la misma; destacan, por ejemplo, las incursiones frecuentes en el modo frigio que se han interpretado como guiños burlescos y alusiones a la música judía.

Decepcionó mucho a la oficialidad cultural estalinista, que esperaba una obra épica de celebración convencional de la victoria rusa de 1945. Los cinco movimientos de la sinfonía fueron magníficamente planteados por Hernández-Silva.

Y la brillante interpretación de la Orquesta de Córdoba (en especial, de los vientos) dio pie al director, en su emotiva alocución tras los largos aplausos, para elogiar a la formación cordobesa: “sigan mimando a su orquesta”. Hizo extensivos sus elogios a toda la ciudad y contó una curiosa anécdota referida a Gabriel García Márquez que yo no conocía.

Dijo que, preguntado en París el Premio Nobel por la ciudad más bella de las que había visitado, éste respondió algo así: Ustedes esperarán que responda que París, la hermosa Ciudad de la Luz; pero la ciudad más bella de las que conozco es Córdoba en primavera.

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