Arte
El cartapacio de Antonio Raphael Mengs
Compañía Flamenca de Paco Peña. Guitarras: Paco Peña, Paco Arriaga y Rafael Montilla. Cante: José Ángel Carmona y Delia Membrive. Baile: Ángel Muñoz, Charo Espino, Carmen Ríos y Cristóbal García. Danza/voz: Alboury Dabo, Ibrahim Gassana y Marisa Camara. Canto/nguni/kalimba: Aboubacar Syla. Percusión: Carlos Tález y Momar Mbaye. Fecha: jueves 4 de julio. Lugar: Gran Teatro. Lleno.
Fue algo inédito hace 33 años sugerir, promover y potenciar la idea de crear un festival donde la guitarra fuera protagonista, no ya en conciertos sino también con talleres formativos en todas sus expresiones, siendo el único por entonces en el planeta. Y fue tanta la ilusión y confianza del guitarrista flamenco cordobés Paco Peña que contagió a los políticos municipales del momento para llevar a cabo el sugerido Festival de la Guitarra, superando obstáculos, una feliz realidad que también tendría sus réplicas y seguidores en otros lugares del mundo. El de Córdoba ha quedado como uno de los más prestigiados.
Por eso, no pecaremos de reiterativos si el inquieto e imaginativo maestro y versátil concertista de la sonanta de cuando en cuando vuelve a su festival para deleitar a los seguidores, con el compromiso firme de los organizadores de la cita, y cuantas veces sea posible mostrarse agradecido en nombre de tantos de sus paisanos que siempre estarán orgullosos de él. Y con esta satisfacción, el pasado jueves asistimos al Gran Teatro, donde el reconocido y galardonado protagonista del instrumento de las seis cuerdas, una vez más con su gente sobre el escenario, presentó el montaje artístico Quimeras -en su estreno en España-, haciendo gala de su oficio, sin perder la cohesión y la decisiva capacidad de creación y universalización de la guitarra, en este caso flamenca, hermanándose en una manifestación de toque, cante y baile jondo con la música, el canto y la danza contemporánea más ecléctica del África ecuatorial atlántica, dialogando en una alegoría que quiere traducir la compleja problemática de la inmigración de esa procedencia -pero abierta a todas, porque con ello el mundo se enriquece, según el autor-, solidaria y comprensiva, en un alarde colorista para ganarse los sentidos del espectador, que durante las dos horas de su desarrollo, receptivo como no los hay, no dejaba de aplaudir.
Así, se sucedieron soleá por bulería, granaínas, tangos, tanguillos, por tientos, cantiñas, saeta, bulerías, farruca, las ancestrales sevillanas de Lebrija, intercalando danzas de inconfundible origen al compás de palmas y caja, nguni, kalimba y cuantos instrumentos de percusión prestaban los rítmicos sones en un sugerente collage, rematado con un apoteósico final en el que todos se fusionaron por tangos y rumba caribeña, con el aforo entusiasmado y sin permitirse decaer, hasta que el telón impuso el punto final.
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