Toros

Finito de Córdoba pone en pie el Coso de Los Califas en una tarde mágica

  • Cuaja un trasteo lleno de duende y personalidad en el cuarto

  • El Juli corta una oreja y cubre el expediente gracias a su oficio y Morante pasa de puntillas

Finito de Córdoba tras uno de los lances a su segundo Finito de Córdoba tras uno de los lances a su segundo

Finito de Córdoba tras uno de los lances a su segundo / Juan Ayala

Como los relámpagos que iluminan los cielos las noches tenebrosas de tormenta, resultó la faena de Finito al cuarto de la tarde. El toreo que cala en los sentidos llega cuando menos se le espera. Es cierto que el toro, material vivo para la creación, tiene que ser amoldado por el hombre para plasmar sus sentimientos y con ellos poderlos transmitir a todos aquellos que tienen la sensibilidad suficiente para captar lo que el artista, en este caso el torero, nos quiere transmitir desde lo mas interior de su ser.

Ya con el percal, Finito, evidenció que la tarde de ayer no era una más. Se postró de rodillas en terrenos del tendido 4 para recibir a su oponente con una larga cambiada. Prosiguió lanceando a la verónica con empaque, con majestad, con plasticidad y con el aroma el toreo añejo de siempre.

Hubo lances que fueron pinturas plenas de contenido, llevando las embestidas con las yemas de los dedos de unas manos preñadas de sentimiento. Luego, tras un tercio de varas donde se cuidó al toro, se lidió el toro con mimo, venido de las manos de Rafa Rosa, y rápido, Finito se hizo presente con la tela encarnada en las suyas. Unos muletazos iniciales de costadillo fueron preludio que lo que vino después. Un trasteo mágico, repleto de misterio y desgarro. Muletazos excelsos de belleza sublime y un barroquismo exacerbado. Ora con la diestra, ora con la siniestra.

El tiempo parecía estancarse en la tarde cordobesa. El torero, abandonado en sí, continuaba en su particular éxtasis, en un clima casi místico, donde la belleza del momento superaba el drama de la tragedia y la muerte que rodean la liturgia de la tauromaquia. Se puede afirmar que la faena no fue rotunda. Totalmente. Si lo hubiera sido, sería irreal, porque la creación de un artista siempre raya la perfección, pero nunca llega a alcanzarla de pleno. Finito hizo vivir un momento lleno de duende y misterio.

Juan Serrano torea a su primero en Los Califas Juan Serrano torea a su primero en Los Califas

Juan Serrano torea a su primero en Los Califas / Juan Ayala

¿Qué tiene Finito en su ser que puede embrujar durante unos minutos al público? Una torería única, que bebe sus fuentes en lo clásico. Lo hecho por el de Córdoba en la tarde de ayer solo esta al alcance de los escogidos. De aquellos que tienen el don de crear algo armónico, plástico y bello. Solo queda disfrutar de lo vivido. La belleza de la imperfección de esta faena quedará en los anales de la historia del coso Califal. Ahí quedó, lo hecho por el torero cordobés.

Faltó sensibilidad en el palco para otorgar un segundo apéndice, pero qué más da un despojo más que otro. La belleza no se paga con casquería, que en resumidas cuentas no es nada más que material de escaso valor para premiar algo tan pleno de magia y duende. No todo el mundo tiene la sensibilidad bastante para entender lo que brota de forma inesperada y espontánea.

Finito pudo cuajar una de las faenas más mágicas de su carrera en el coso califal

En su primero, en una faena que brindó a Antonio Ferrera, Finito ya dejó entrever lo que vendría después. Lástima que el toro, basto, descastado y ayuno de bravura, no se prestara a más. Todo quedó en detalles sueltos. En un esbozo de lo que el fino torero atesora en su personal tauromaquia. Solo queda el disfrute de lo que vino después.

El Julio y Morante se saludan antes del paseíllo El Julio y Morante se saludan antes del paseíllo

El Julio y Morante se saludan antes del paseíllo / Juan Ayala

El Juli cortó otra oreja, de muy distinto calibre, en su primer toro. Qué decir a estas alturas de Julian López. Torero capaz, sobrado de conocimiento, tanto para lo bueno como para lo malo, conocedor del oficio de principio a fin. Su dos faena estuvieron cimentadas en su conocimiento y oficio, peor exentas de alma, ese don que solo unos privilegiados poseen. No obstante, con sus armas, El Juli conquistó a los tendidos. A la vista quedó sobre la arena cordobesa.

Morante fue contratado para matar dos toros. Eso fue lo que hizo el espada sevillano. Poco más. Inhibido, desganado, abúlico y vacío de compromiso. Cierto es que sus dos toros no tuvieron nada, pero el público, sostén de la fiesta, merece al menos entrega y Morante, ayer, careció de ella.

Para terminar, decir que Córdoba tiene que reencontrarse consigo misma. Muchos son los valores que hay que buscar, pues se están perdiendo a pasos agigantados. Para empezar, la plaza tiene que encontrar su verdadero carisma y un tipo de toro propicio para un espectáculo mágico y único. Es el camino de la recuperación ansiada y esperada.

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