Divinas Palabras | Crítica

La palabra y su misterio

Una escena de 'Divinas Palabras', el pasado sábado en el Gran Teatro. Una escena de 'Divinas Palabras', el pasado sábado en el Gran Teatro.

Una escena de 'Divinas Palabras', el pasado sábado en el Gran Teatro. / Laura Martín

Un trozo de la historia de nuestro teatro contemporáneo subió al escenario del Gran Teatro el pasado sábado y el público cordobés respondió completando el aforo. Las divinas palabras pronunciadas en el texto de Valle-Inclán resonaron con la misma fuerza que continúa atesorando tras su estreno hace más de siete décadas.

La inocencia, representada en el discapacitado convertido el monstruo de feria o la joven Simoniña sometida a los abusos sexuales de su padre, queda pisoteada por una marea humana sumida en la miseria y dominada por los instintos. Solo la rancia moral surge a través de la liturgia en latín, que a modo de sortilegio disuade a la barbarie.

La producción cuenta con una magnífica puesta en escena capaz de conseguir más con menos, apoyada en la luz y el cuidado espacio sonoro. José Carlos Plaza firma la dirección con la hábil precisión que le caracteriza: marca los tiempos al ritmo adecuado y diseña cuadros de soberbia plasticidad capaces de transmitir lo que ocurre, exprimiendo al máximo la capacidad interpretativa de un elenco que se multiplica sobre la escena para representar esta obra llena de complejidad.

Toda la compañía está a la altura de las exigencias que Valle-Inclán obliga con este texto plagado de argot y jergas de difícil comprensión para el espectador. Aunque todos brillan por mérito propio, merece destacar los trabajos protagonizados por María Adánez, Javier Bermejo, Carlos Martínez-Abarca, Ana Marzoa y también nuestro paisano Luis Rallo al que siempre es una alegría ver participar en producciones de esta envergadura.

Ramón María del Valle-Inclán acogió la palabra esperpento y a través de su obra la convirtió en vida sobre el escenario. La deformidad grotesca de lo cotidiano trascendió hasta quedar acuñado como un género propio digno de seguir siendo interpretado.

Casi un siglo después seguimos valorando su mensaje como algo imperecedero, demostrando que la naturaleza humana solo ha cambiado las formas y el contexto. El fondo permanece en algunos casos, por desgracia.

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