El silencio como arma y estrategia de supervivencia
La libertad de prensa y expresión retrocede en todo el mundo mientras nuevas formas de cautela y control se instalan entre quienes alguna vez creímos que opinar era gratis
SEGÚN el Índice Mundial de Libertad de Prensa 2025 de Reporteros Sin Fronteras, más de la mitad de la población mundial vive en países donde la situación de la libertad informativa es calificada como muy grave. Parte de este panorama es familiar. China sigue siendo la mayor cárcel de periodistas del planeta, Corea del Norte sólo permite propaganda estatal, Eritrea prohíbe todo medio independiente. Cuba lleva más de medio siglo sin medios independientes. Egipto, en el puesto 170, es uno de tantos otros países que encarcela sistemáticamente a periodistas.
Lo adicionalmente inquietante es que el deterioro se esté acelerando en todas direcciones, con métodos cada vez más sofisticados y en lugares donde se suponía que existían anticuerpos sociales y políticos.
Hong Kong, que en 2002 ocupaba el puesto 18, ha caído al 140. Turquía ocupa el puesto 159 y se estima que en torno al 90% de sus medios están controlados por el Gobierno. Polonia ofrece un ejemplo desde dentro de la Unión Europea. Durante ocho años de gobierno del PiS, los medios públicos se convirtieron en una herramienta de propaganda. En 2020 la petrolera estatal Orlen compró Polska Press, el mayor editor de prensa regional del país con 20 diarios regionales, 120 semanarios y más de 500 portales online. Estados Unidos ha caído al puesto 57 en el Índice Mundial de Libertad de Prensa de Reporteros Sin Fronteras, su posición más baja desde que comenzó a elaborarse el ránking en 2002. Medios como The New York Times, NPR y Politico perdieron sus espacios de trabajo permanentes en el Pentágono. La Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), abrió investigaciones contra ABC, CBS y NBC por su cobertura electoral. CBS canceló el programa del humorista Stephen Colbert crítico con el nuevo Gobierno. Kimmel fue suspendido temporalmente por ABC tras un monólogo crítico. Trump lo celebró públicamente diciendo que Jimmy Fallon y Seth Meyers serían los siguientes.
Este deterioro no se limita a los medios tradicionales. También se extiende al espacio digital, donde buena parte del debate público se ha desplazado en los últimos años. Según Freedom House, la libertad en internet ha declinado durante 15 años consecutivos. Sólo 18 de los 72 países evaluados se consideran “libres”, y la mitad de ellos sufrieron retrocesos el último año. En 2024 se documentaron 296 apagones de internet en 54 países.
En muchos de los ejemplos arriba descritos, este asedio a los medios públicos ha venido asociado a un patrón paralelo. La erosión sistemática del poder judicial. No es coincidencia. En Polonia, el PiS intentó reformar los tribunales Supremo y Constitucional para controlar directamente los nombramientos. En Turquía, tras el fallido golpe de 2016, se destituyó a miles de jueces y fiscales. En Nicaragua, el sistema judicial se ha convertido en un instrumento de persecución política. En Estados Unidos, la Administración actual ha cuestionado abiertamente la autoridad de los tribunales federales y ha cesado a inspectores generales. El patrón es claro. Primero se capturan los medios para controlar la narrativa, y después se desmantela la independencia judicial para eliminar los mecanismos de control.
Cabe preguntarse qué significa esto realmente para la sociedad. Sin prensa independiente y sin un poder judicial autónomo no existe fiscalización efectiva del poder. No hay consecuencias para los abusos. No hay contrapeso. Y quien se afana en eliminar esos controles lo hace precisamente porque anticipa que sus acciones no resistirían el escrutinio público o el examen legal. Nadie desmantela los mecanismos de rendición de cuentas para hacer cosas populares y legítimas.
Recuperar el control de qué vemos y pensamos es un acto de resistencia y supervivencia"
Y luego hay otros dos fenómenos que no requieren cárceles, deportaciones, poder político o cancelaciones de programas. El primero es una especie de autocensura. La concienciación de que opinar tiene costes potenciales y callar no tiene ninguno. Quien escribe hoy un artículo, hace un tuit o publica algo en redes sabe, o debería saber, que ese texto existirá para siempre en una base de datos accesible a cualquier futuro empleador, socio comercial, oficial de inmigración o algoritmo de evaluación de riesgos. Según algunos estudios, en Estados Unidos más del 70% de los empleadores revisan las redes sociales de los candidatos antes de contratarlos. El patrón se replica globalmente.
El segundo fenómeno es más obvio pero tiene una dimensión menos visible. Los algoritmos de las plataformas sociales no sólo registran lo que decimos. También moldean lo que vemos. Tienden a mostrarnos contenido que refuerza nuestras posiciones existentes, creando lo que los investigadores llaman “cámaras de eco” y “burbujas de filtro”. El efecto es paradójico. Cuanto más activos somos en redes sociales, más estrecho puede volverse nuestro universo informativo. Y si el algoritmo detecta que cierto tipo de contenido genera más interacción, lo amplifica, incluyendo el contenido más polarizante, más simplificador, más tribal. Es una forma de limitación del debate que no requiere censores, sólo ingenieros de optimización cuyo objetivo es maximizar el tiempo que pasamos en la plataforma reafirmando nuestras posiciones y no la capacidad de análisis o debate.
¿Qué hacer? Las recomendaciones habituales de fortalecer marcos legales, proteger a periodistas y garantizar una financiación pública transparente son necesarias pero insuficientes. No hay solución sistémica a la vista. Lo único que podemos hacer es ser conscientes de estos factores y actuar teniéndolos en cuenta. Es necesario considerar que si queremos una prensa libre también debemos ser partícipes para bien. Tiene sentido subscribirse a medios que consideremos son todavía libres. No porque sean perfectos, sino porque necesitan sobrevivir. Cada suscripción es un voto por la existencia de voces que no dependen del favor del poder.
Debemos seguir publicando, pero con tacto y con cuidado. No callarnos, pero tampoco ignorar que la huella digital existe y tiene consecuencias. Considerar antes de publicar no sólo si lo que escribimos es verdad y lógico, sino cómo podría leerse hoy o dentro de diez años, en un contexto que no podemos anticipar y por alguien cuyas intenciones desconocemos. Esto no es cobardía, es realismo. La valentía no exige imprudencia.
Y quizás lo más importante, distanciarse de las redes sociales. No abandonarlas necesariamente, pero sí cambiar nuestra relación con ellas. Que sean una herramienta para lo que necesitemos. Información, comunicación, conexión, pero que no sean un mecanismo de control de nuestra mente. Los algoritmos están diseñados para capturar nuestra atención, no para informarnos mejor. Cada minuto que pasamos en ellas sin ser conscientes de sus instrumentos es un minuto en el que alguien más decide qué vemos, qué sentimos, qué pensamos. Recuperar ese control es un acto de resistencia y supervivencia.
Al final la guerra parece perdida, pero la batalla más importante es la que se libra en nuestra propia cabeza. Si no intentamos oponernos en lo posible a la represión externa y la fomentamos con represión interna, habremos renunciado a lo único que nadie debería poder quitarnos: el derecho a pensar por nosotros mismos. Callar puede ser una estrategia de supervivencia, pero una sociedad en la que las únicas opciones son el silencio o la desidia está condenada a perder la esencia de lo que es.
Evaristo Páez Rasmussen es economista.
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