Rascacielos sobre las cenizas de una Gaza destruida

Para el autor, el enclave palestino es el ejemplo más descarnado de cómo el lenguaje diplomático puede convertirse en anestesia, a pesar de que la dimensión de la devastación ya no admite eufemismos

Una familia en el campo de refugiados de Jan Yunis. / HAITHAM IMAD (Efe)
Jerónimo Páez.

ACTUALMENTE Gaza es el ejemplo más descarnado de cómo el lenguaje diplomático puede convertirse en anestesia. Se habla de “alto el fuego”, de “tregua”, de “estabilización”, mientras el parte diario de la realidad sigue escribiéndose con sangre, hambre y frío. Incluso tras el cese de hostilidades declarado en octubre de 2025, la violencia no se ha evaporado: las agencias humanitarias siguen reportando víctimas recientes y los medios internacionales describen episodios donde vuelven a morir civiles –incluidos niños– en un contexto oficialmente “en tregua”.

La dimensión de la devastación ya no admite eufemismos. Los datos humanitarios de referencia describen un territorio donde la vida ha sido desmantelada: 71.391 palestinos muertos (sabe Dios cuántos estarán sepultados bajo las ruinas de los inmuebles destruidos) y 171.279 heridos, cientos de miles de viviendas dañadas, un sistema de agua y saneamiento devastado, escuelas arrasadas o inutilizables, infraestructuras sanitarias desbordadas. Y, por encima de todo, una población civil masivamente desplazada: organismos y coberturas recientes hablan de un desplazamiento que alcanza prácticamente a toda la población.

En ese paisaje, la palabra paz se vuelve una ironía amarga. No hay paz cuando más de un millón necesita asistencia de refugio de emergencia; cuando tormentas invernales convierten campamentos en barro; cuando el agua escasea, se contamina o depende de infraestructuras rotas; cuando los hospitales funcionan con capacidad limitada y miles de pacientes esperan una evacuación médica que no llega. La vida se reduce a sobrevivir, y sobrevivir se vuelve un castigo diario.

Y, sin embargo, desde los foros donde se decide el rumbo del mundo se ensaya otra narrativa: la del “día después” convertido en maqueta inmobiliaria. En Davos se ha presentado un plan de New Gaza –con vídeos en 3D y promesas de torres residenciales, centros de datos, resorts y una economía de servicios orientada a inversión– como si el drama fuese urbanístico y no humano. La reconstrucción aparece formulada, ante todo, como oportunidad de capital y especulación; y sólo después, si acaso, como reparación de vidas. Lo esencial queda deliberadamente difuminado: derechos de propiedad, compensaciones, restitución y, sobre todo, el encaje real de la población desplazada.

En el paisaje de Gaza, la palabra paz se vuelve una ironía amarga"

El problema moral no es imaginar la reconstrucción. El problema es imaginarla sin la maltrecha población palestina. Convertir Gaza en un Dubai mediterráneo puede resultar rentable para inversores; pero es obsceno si se plantea antes, o al margen, de responder a la pregunta fundamental: ¿dónde viven, cómo se alimentan, cómo se curan, cómo estudian, cómo trabajan, cómo vuelven a tener una casa y un futuro esos más de dos millones de seres humanos que hoy sobreviven en condiciones degradantes? Gaza no es un solar disponible: es un hogar devastado.

Para comprender por qué este punto ciega tanto a las élites hay que mirar más atrás. En 1896, Theodor Herzl publicó Der Judenstaat (El Estado judío: ensayo de una solución moderna de la cuestión judía), texto fundacional del sionismo político moderno, donde se formulaba la creación de un Estado judío soberano como respuesta a la persecución y la vulnerabilidad histórica del pueblo judío. Tan intelectualmente deshonesto sería negar el contexto de antisemitismo europeo que alimentó esa propuesta como ignorar su otra cara: cuando un proyecto nacional –cualquiera– se despliega sobre un territorio habitado por otra población, la historia deja de ser una idea y se vuelve disputa de derechos, tierra, seguridad y futuro.

A partir de ahí se encadena un siglo de decisiones imperiales, promesas contradictorias y reordenamientos forzados. El Mandato británico y la Declaración Balfour forman parte del marco histórico que muchos palestinos perciben como el comienzo de una arquitectura de desposesión y que numerosos analistas señalan como un catalizador de tensiones intercomunitarias crecientes. En 1948, la guerra y el colapso del orden previo producen el hito más determinante para entender el presente: más de 700.000 palestinos fueron desplazados, origen de una cuestión de refugiados que, lejos de cerrarse, se ha transmitido por generaciones.

Este marco histórico no excusa nada, pero explica por qué la gente habla de continuidad y no de episodio. Y explica también por qué resulta tan corrosivo que, tras el atentado criminal y terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023, Israel haya desplegado una respuesta cuyo impacto sobre civiles ha alcanzado dimensiones históricas. El derecho de un Estado a proteger a su población no puede convertirse en licencia para arrasar una sociedad entera. La seguridad no puede presentarse como argumento absoluto cuando el precio lo pagan familias que no tienen dónde refugiarse, niños que mueren por hipotermia o heridas, y enfermos que no pueden ser evacuados. En esa escala, con ese patrón de destrucción y ese resultado sobre la población civil, lo sucedido en Gaza debe nombrarse como lo que es: un genocidio.

La memoria del Holocausto exige una defensa de la vida, no una jerarquía de duelos"

El hecho político es que el mundo habla mucho y actúa poco. La ONU y las agencias humanitarias han documentado la catástrofe y, aun así, la protección efectiva de la población civil no ha llegado. La Corte Internacional de Justicia, en el caso Sudáfrica contra Israel, ha dictado medidas provisionales vinculadas a la Convención contra el Genocidio y al acceso humanitario: no como gesto retórico, sino como obligación jurídica de prevenir y detener la destrucción. Europa aparece dividida y lenta; Estados Unidos condiciona el margen real de presión; y el mundo árabe, pese a mediaciones y ayudas, ha mostrado límites que se perciben como abandono. Palestina se invoca como causa moral, pero se trata como problema político prescindible.

Con motivo de la tregua y la consiguiente Firma de Paz, promovida por el presidente Trump –allá por octubre del año pasado–, ya mencioné en otro artículo que “si la comunidad internacional no reacciona, la única paz que se consiga será la de los cementerios”.

Hay un umbral donde la neutralidad se convierte en complicidad y el silencio en coautoría. Gaza está en ese umbral. Las decenas de miles de muertos, junto con la enorme suma de heridos, refugiados sin hogar y exiliados no son un “daño colateral”: son la señal del colapso moral. Y, mientras tanto, se presenta una New Gaza de lujo y consumo como si el problema fuese de diseño urbano y no de derechos humanos.

El riesgo moral universal radica en que cuando un pueblo, marcado por la condición de víctima en la historia, se ve representado por un Estado que produce sufrimiento masivo a otro pueblo, se abre una paradoja insoportable. La víctima se convierte en verdugo y, sin embargo, los hechos demuestran que el trauma ha operado como blindaje ético. La memoria del Holocausto exige una defensa radical de la vida humana, no una jerarquía de duelos. Y, aun así, la comunidad internacional parece incapaz de sostener esa coherencia.

Netanyahu, Biden, Trump pueden ser tan déspotas y tiranos como Putin o Erdogan con los kurdos"

Un mundo que es capaz de imaginar rascacielos, pero no es capaz de garantizar pan, medicina, techo y protección a la población civil, no está planificando el futuro: está administrando el olvido. Y el olvido, en Gaza, no es una metáfora. Es una sentencia.

Es como si el dios Marte, tras la proclama del activista judío de finales del XIX, hubiese castigado eternamente al pueblo palestino, víctima del genocidio más largo de la historia de la humanidad –más de 100 años– de manos de Israel, verdugo ahora contra una población que vivía pacíficamente desde siglos atrás, en un territorio del que los israelíes fueron expulsados hace dos milenios tras el asedio romano a su último reducto, en la fortaleza de Masada. Poco o nada parece haber aprendido Netanyahu de la historia, infligiendo al pueblo de Palestina el mismo castigo que sufrieron los judíos entonces.

No hay piedad en el conflicto de Israel. Tampoco en el conflicto ruso-ucraniano ni en la guerra fratricida entre etnias de Darfur (Sudán) desde hace más de dos décadas. Por desgracia, no la hay en la gran parte del mundo. Netanyahu, Biden, Trump pueden ser tan déspotas y tiranos como lo son Putin o el caso de Erdogan con los kurdos. Sólo hay poder, megalomanía y ambición. Las luces de la razón y de los derechos humanos han desaparecido de las conciencias de las grandes potencias que dominan el mundo.

Mas allá de estos actores que oprimen a buena parte de la humanidad, nada bueno podemos decir de cómo se han comportado en esta tragedia Rusia, China, la India, Japón, Canadá, Australia, por citar los más relevantes; y por no hablar de la UE, en donde Von Der Leyen incluso llegó a mostrar su apoyo al propio Netanyahu. Incomprensible es que la gran mayoría de los países arabo-musulmanes tampoco hayan reaccionado ante esta locura. ¿Qué ha pasado con la UMMA?

¿Dónde quedan ahora los discursos de aquellos líderes mundiales que en su día proclamaron que no podría haber paz si no había un Estado palestino? Tristemente, lo cierto es que no hay Estado y nunca lo va a haber. El destino de los gazatíes actuales es una enorme catástrofe que no parece tener fin.

Cuando no existe piedad, no hay esperanza de que vayamos a vivir los humanos en un futuro mejor para nosotros y nuestros hijos.

Jerónimo Páez es abogado.

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