Un insaciable apetito por el poder

Esta semana se ha cerrado otro capítulo de la vida de Putin pero aún queda por saber si le ha cedido a Medvedev su puesto al mando de una próspera Rusia o si solamente, como parece, se lo ha prestado

Un insaciable apetito por el poder
Un insaciable apetito por el poder
Adelaida De La Peña

11 de mayo 2008 - 05:03

Sería decepcionante que el pasado mortal de Vladimir Putin no fuera un misterio. En los entramados burocráticos que caracterizan a las instituciones rusas sólo quedan en pie pinceladas de los comienzos del presidente saliente que no terminan de explicar su meteórico ascenso.

Hijo de un inválido de guerra nacido en Leningrado (actual San Petersburgo), estudió Derecho y aprendió idiomas para poder ser un buen espía del KGB. Destinado en la Alemania Oriental se pasó las horas recabando información de políticos y ciudadanos. Pasó a ser director de personal para la Stasi, un puesto de escaso prestigio para lo que Putin anhelaba, así que se dio de baja en el KGB y se dedicó a la política. Pronto se hizo con la alcaldía de su ciudad natal.

En 1996 se trasladó a Moscú y fue entonces cuando se introdujo en los entresijos del poder del Kremlin, donde no pasaron inadvertidas sus dotes para la organización y el análisis, pasando en unos pocos meses de jefe de departamento, a jefe de todos los departamentos hasta 1997 cuando Yeltsin le nombró director del Servicio Federal de Seguridad (FSB), que sustituía al antiguo KGB, puesto con rango ministerial en el que el líder ruso encajaba a la perfección ya que se encargaba de la lucha contra el crimen organizado y el terrorismo o la vigilancia de la seguridad nuclear, cuestiones que le proporcionaron un bagaje perfecto para poder arreglar luego el desaguisado ruso.

Éstos son destinos que creemos conocer, aunque a veces declaraciones como la del superespía Marcus Wolf, que aseguró que cuando Putin pasó a primer plano político no había oído hablar de él en todos los años en que estuvo al frente del espionaje de la RDA, conceden un aura de misterio a la vida real de Vladimir Vladimirovich Putin.

Para nadie es desconocido que el principal motivo de su rápido ascenso de jefe de personal de la Stasi a líder de la potencia doliente fue tener un padrino poderoso como Boris Yeltsin, quien le introdujo en La Familia (como se conocía a la camarilla del entonces presidente ruso) asegurándose su constante cercanía al poder.

El ex agente agradeció a Yeltsin su confianza en él concediéndole inmunidad diplomática frente los supuestos delitos de abuso de poder y malversación, proporcionándole a él y a su familia una pensión vitalicia y la protección del Estado. Pero Putin le debía mucho más que eso a su padrino, de quien aprendió a poner a un ahijado desconocido como sucesor al que poder moldear y asegurarse una jubilación también de cine.

Es lo que piensa el 67% de los rusos que creen que Putin controlará al recién nombrado presidente de Rusia, Dimitri Medvedev, soplándole las respuestas desde su sillón de primer ministro, según un sondeo realizado el pasado mes de abril por el instituto independiente Levada.

Pronto, el llamado Zar Vlad demostró de qué pasta está hecho. Para ello también le valió el carácter duro, estricto, decidido y discreto que aprendió en su pasado como agente secreto.

Decidido a lijar, aunque doliera, el óxido de una potencia venida a menos, Putin hizo nuevos amigos bien provistos en Asia, América Latina y Oriente Próximo, que le han facilitado demostrar a EEUU y a Europa que puede sacar a bailar a otra si Occidente no le concede el lugar que se merece.

Sacó a Rusia de un caos económico surgido en los 90 subiendo los precios de las materias primas, reorganizó el Ejército e instauró lo que él mismo ha calificado como "la dictadura de la ley" para mantener a raya a opositores y terroristas que habían tomado el control de la vieja Rusia.

No ha ocultado nunca su carácter cercano al totalitarismo, controlando todas las cadenas de televisión, limitando los derechos humanos y civiles. Sin embargo, sacrificar la libertad en pos de la prosperidad parece haberle dado resultado, ya que el 78% de los rusos se mostraron satisfechos con su gestión al frente del Kremlin, según la encuesta del instituto Levada.

Se ganó el favor del pueblo resolviendo con mano dura el conflicto de Chechenia recién llegado al poder, y acabó por conquistarlo cediéndole a Medvedev un legado mucho más próspero que el recogido ocho años atrás.

De tanta reunión internacional algo se le ha pegado a Zar Vlad, que pasó de la discreción imprescindible para cualquier 007 a exhibir sus abdominales o desmentir escándalos amorosos, como el de la supuesta relación con una gimnasta de 24 años a la que dio un puesto como diputada. Esta actitud recuerda sospechosamente a la derecha occidental a la que amenaza con su obsoleto pero peligroso arsenal nuclear. Las fotos del torso desnudo del actual primer ministro ruso recuerdan a Sarkozy y su política mediática suena a Berlusconi.

Putin cierra un capítulo más en su vertiginosa vida. Ahora sólo queda por ver si su sucesor ha aprendido bien las reglas de la nueva Familia y si su nuevo primer ministro no le ha cedido, sino solamente prestado, su asiento tras la mejor ventana del Kremlin.

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