"El vino de calidad no es un negocio de especulación"

Cristina Forner

Preside la bodega en la que se elabora uno de nuestros tintos más internacionales, Marqués de Cáceres. Enóloga de formación, defiende el vino como uno de los grandes placeres.

Pedro Ingelmo

01 de febrero 2013 - 10:06

Bisnieta, nieta e hija de bodegueros, Cristina Forner (Saint-Aignan-sur-Cher, 1953) es la gran dama del vino español. Preside la bodega en la que se elabora uno de nuestros tintos más internacionales, Marqués de Cáceres, la marca creada por su padre, Enrique Forner, que aplicó en los años 70 técnicas de Burdeos para trabajar los vinos españoles, que por entonces tenían como seña de identidad el sello del roble. Con 40 años de trayectoria, Forner, enóloga de formación, defiende el vino como uno de los grandes placeres.

-A Enrique Forner, su padre, creador de Marqués de Cáceres, se le considera el reinventor del Rioja.

-Cuando mi padre llegó en 1970, los vinos de Rioja no eran lo que son hoy. Él venía de Francia y le sorprendió encontrar vinos marcados por el roble. Su huella fue crear modelos de corte francés, con crianzas más cortas en barricas nuevas y envejecimiento en botella. Quiso dar protagonismo en los vinos a la fruta carnosa para brindar elegancia. Era otro concepto, por eso se le considera el renovador del Rioja.

-Es nieta de exiliados. Usted nació en Francia, un país que le ha dado mucho a su familia.

-Mi abuelo viajaba para exportar y en él se despertaron inquietudes, pensaba que España tenía que abrirse al exterior. Su compromiso hacia un ideal entonces a contracorriente se tradujo en décadas de exilio para toda la familia y en la pérdida de su patrimonio en España. Somos el resultado de una fusión entre Francia y España. De hecho, en Burdeos a mi padre se le llamaba el español y en Rioja el francés. En realidad, la única patria de mi padre fue el vino.

-Eran valencianos, pero su padre escogió Rioja para crear su vino.

-La Rioja tiene una relación con Burdeos a raíz de la filoxera de 1863 y fueron necesarios 30 años para superar la plaga. Esto contribuyó a consolidar la viticultura en España y, en concreto, en La Rioja. A finales de los 60 mi padre empezó un estudio de las zonas vinícolas de España. Visitó algunas de ellas con el enólogo Emile Peynaud, entonces el más reputado y respetado. Ambos vieron que La Rioja ofrecía un gran potencial y determinaron que sin duda era el lugar idóneo para poner en práctica su proyecto. Siguiendo la escuela de vinificación de Burdeos, nuestros vinos marcaron un nuevo estilo.

-No hay muchas mujeres al frente de grandes bodegas en España. ¿Se defiende bien?

-Lo más difícil es compaginar la casa, los hijos, los viajes… En definitiva, la vida familiar y laboral. Son muchas facetas que se añaden a nuestra actividad profesional. Además, es vital tener capacidad de trabajo, adaptación constante y automotivación para seguir adelante.

-¿Cómo se incorporó a la bodega?

-Estudié en Burdeos, hice prácticas allí y mi padre me propuso sumarme a la bodega, que estaba entonces a la conquista de nuevos mercados de exportación. Era un reto y lo acepté.

-Es enóloga por estudios y por sangre...

-Mi padre ha sido mi maestro. Soy la cuarta generación de este apasionante mundo. El vino era la inquietud familiar y la conversación habitual. Siempre fue una opción básica. Mi padre siempre decía que si el vino no es un gran vino, de nada sirve vestirlo bien. Él me despertó la curiosidad y la agilidad mental para imaginar y crear.

-Exportan a 120 países. ¿Cómo se crea una marca de esa dimensión?

-De un planteamiento a largo plazo y mucho tesón. Hemos logrado el posicionamiento internacional de nuestra marca a partir de un sinfín de experiencias. Nuestra marca tiene continuidad porque nunca ha defraudado.

-Defina el Marqués de Cáceres.

-Citando a Lord Byron: "El vino consuela a los tristes, rejuvenece a los mayores, inspira a los jóvenes y alivia a los deprimidos del peso de sus preocupaciones". Detrás de cada botella hay mimo, sacrificio y preocupaciones. Hemos querido hacer un vino para disfrutar. Nuestros vinos son como un ser vivo que anima ambientes y personas. Buscamos proporcionar felicidad.

-¿Cuál es su filosofía?

-Una dedicación absorbente, un afán de superación. La trayectoria de mi familia resultó admirable y me contagió su motivación. El vino ha sido y es el motor de nuestras vidas.

-¿No ha habido una saturación de oferta y un exceso de intrusismo? ¿no cree que el vino ha vivido su particular burbuja?

-Cuando hablamos del negocio del vino de calidad hay que saber que no es un negocio de especulación. Es un negocio a largo plazo y muy profesional en contacto más estrechamente con la bonanza de la naturaleza y no tanto con la bonanza de la economía.

-¿Cómo ve la imagen de los vinos españoles en el mundo?

-El dinamismo de la internacionalización de las bodegas españolas se inició a partir de los 80. Si nos comparamos con Francia e Italia, cuyas exportaciones empezaron por 1900, se ha recorrido mucho camino en muy poco tiempo. Hemos crecido, entre otras cosas, aprovechando el tirón y el éxito de nuestros elementos culturales que lograron crear un arte de vivir: gastronomía, moda, arquitectura, cine, deporte…

-¿Cómo percibe el futuro del negocio, la relación de las generaciones más jóvenes con el vino?

-Nuestro sector tiene que concebir una comunicación más asequible y divertida para atraer a los jóvenes consumidores. Estoy convencida de que, si sabemos ganar su curiosidad, serán unos grandes embajadores de los vinos de España por el mundo.

-¿Cómo ve Marqués de Cáceres en el futuro?

-Creando valores sostenibles para nuestros clientes, añadiendo dinamismo a los nuevos proyectos. Nuestro afán es seguir siendo un referente en el mundo de los vinos de calidad españoles.

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