La guerra de los aranceles

Análisis

La apertura comercial de los últimos 20 años ha reducido las barreras un 85%, lo que ha beneficiado más a los países en desarrollo. Con el nuevo panorama todos saldrán perdiendo

Aranceles
La guerra de los aranceles.
Joaquín Aurioles

23 de junio 2018 - 08:13

El comercio permite que, en lugar de que cada cual tenga que producir todo aquello que necesita, pueda especializarse en lo que mejor sabe hacer y cubrir el resto de sus necesidades mediante el intercambio. La economía como ciencia nace, de hecho, en torno a este principio tan simple, que permitió a Adam Smith explicar el origen de la riqueza de las naciones y a David Ricardo construir su teoría del comercio internacional. En ella se postula que incluso al país más eficiente del mundo, el que podría producir casi todos los bienes a menor coste que el resto, le interesa especializarse e intercambiar. La conclusión es una apología del libre comercio: cuantas menos barreras se levanten al comercio, mayor será la eficiencia económica global y el bienestar en el mundo. Además, la eliminación de los obstáculos provocará la aproximación de precios y salarios y se reducirán las desigualdades en desarrollo. El problema es que los mercados fallan y las cosas no terminan de funcionar como estaban previstas, de manera que los gobiernos se ven obligados a intervenir. En el caso que nos ocupa, mediante el establecimiento de aranceles, que son impuestos sobre los bienes importados que, también en teoría, persiguen varias cosas. Por ejemplo, equilibrar la balanza pagos, penalizar el consumo de determinados bienes, proteger la producción interior o simplemente aumentar la recaudación fiscal.

Se puede luchar contra la contaminación mediante aranceles sobre la importación de petróleo y carbón. Se estimula el uso de energías renovables y, de paso, puede contribuir al equilibrio comercial en países que, como España, carecen de materias primas energéticas. También se justifican los aranceles como represalia frente a quienes gravan nuestras exportaciones y cuando en un problema de balanza de pagos existe algún componente estructural derivado de fallos en el funcionamiento de los mercados, pero cuando los fines son básicamente proteccionistas o recaudatorios, resultan bastante más difíciles de explicar.

En 1986 se iniciaba en Uruguay una ronda de negociaciones con el fin de impulsar el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT), suscrito en 1947. Había habido otras anteriores, siempre con el objetivo de reducir aranceles, pero todas con resultados muy modestos. En aquella ocasión se consiguieron avances en materia arancelaria, pero también se abordaron otras cuestiones, como el dumping, especialmente el caso de las ayudas a la agricultura, o la protección de los derechos de propiedad mediante patentes. Quince años después se iniciaba la Ronda de Doha, ya en el seno de la Organización Mundial del Comercio (OMC), con similares fundamentos, pero con una orientación más marcada hacia la liberalización comercial. Se estima que los aranceles han bajado desde entonces un 85% en todo el mundo y que, gracias a ello, el comercio internacional creció de forma exponencial, hasta la crisis de 2008.

En defensa de los postulados de la teoría del comercio internacional de Ricardo hay que apuntar que, a pesar de sus limitaciones, la expansión del comercio ha contribuido decisivamente al aumento del bienestar global y de las oportunidades para los países menos desarrollados durante los últimos 30 años. En este contexto, la decisión de Trump de gravar con un 25% las importaciones de acero y con un 10% las de aluminio supone un impacto directo sobre la línea de flotación del trabajo durante medio siglo de la OMC y antes del GATT.

Es difícil imaginar que alguien, salvo los fabricantes de armas, puedan beneficiarse de una guerra, incluso cuando los vencedores utilizan el derecho a la compensación sobre el perdedor. En el caso de la guerra comercial que se avecina, o que ya ha comenzado, lo más probable es que ni siquiera haya vencedores. Sólo perdedores, como afirma Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional, pero es seguro que algunos países saldrán más perjudicados que otros.

Para el secretario general de la Unctad (United Nations Conference on Trade and Development) los países en vías de desarrollo estarían entre los más perjudicados en sus expectativas de crecimiento y modernización, básicamente por razones de dependencia de las importaciones y porque su margen para elevar aranceles por razones de represalia es bastante limitado. También advierte de otras consecuencias mucho más sutiles, sobre todo entre los países más desarrollados. Entre ellas, del riesgo de introversión nacionalista, en el sentido de estimular el sentimiento de amenaza contra todo lo que venga de fuera.

La intuición basta para imaginar que China y el resto de las economías emergentes, las que mejor han sabido aprovechar las oportunidades de la expansión del comercio internacional durante las últimas décadas, estarán entre las más perjudicadas por una guerra comercial. Las represalias ya han comenzado, pero habrá más reacciones. En la búsqueda de alternativas al consumo y la inversión en Estados Unidos, las economías emergentes pueden apostar por intensificar el comercio entre ellas mismas, puesto que es donde la dinámica del consumo es más intensa.

También por Europa por su elevado poder adquisitivo, donde podría darse la paradoja de verse directamente perjudicada por el levantamiento de aranceles en Estados Unidos, pero también indirectamente beneficiada por el estrechamiento de las relaciones comerciales y financieras con el bloque de las economías emergentes, especialmente las del sudeste asiático. En sentido contrario, la economía norteamericana, que a corto plazo podría beneficiarse de una rebaja de impuestos interiores simultánea al aumento de los aranceles, podría ser la principal víctima a medio plazo de sus propios afanes proteccionistas, si finalmente se traduce en una menor participación en los flujos internacionales de comercio e inversión.

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