Mateo Sancho. Periodista y escritor "Me gustó descubrir un Nueva York más vulnerable, que no sale en las películas"

  • El autor publica 'Nueva York de un plumazo', una novela divertida y tierna sobre la emigración, las contradicciones del sueño americano y la importancia de los afectos para poder sobrevivir

El escritor y periodista Mateo Sancho Cardiel. El escritor y periodista Mateo Sancho Cardiel.

El escritor y periodista Mateo Sancho Cardiel.

Simón, un periodista cultural que se acaba de mudar a Nueva York, asiste por trabajo al cumpleaños de Barbra Streisand, una velada que se celebra en el Lincoln Center y que comparte con celebridades como Hillary Clinton y Kris Kristofferson. Pronto, no obstante, el joven descubrirá que la estancia en su nuevo destino dista de esa sofisticación que ha visto en tantas películas, pero que la vida, con todas sus miserias y complicaciones, también rezuma un inesperado encanto. Mateo Sancho (Zaragoza, 1983) se inspira en su propia experiencia en Nueva York de un plumazo (Roca Editorial), una novela llena de humor y emoción que describe la subsistencia en una ciudad tan contradictoria como fascinante y que reivindica los afectos como la mejor forma de anclarse en un lugar.

–Usted retrata cómo trabajar de periodista, y cubrir propuestas como el cumpleaños de Barbra Streisand, una entrevista con DiCaprio o la Semana de la Moda de Nueva York, le otorga a uno una aureola de glamour que en realidad su vida no tiene.

–Ese es el Nueva York que uno sueña y, en mi caso, fue el primero que me encontré gracias al trabajo. Cuando llegas a la ciudad lo primero que sientes es que ya la conoces, porque ya la ha visto en las películas. Y cuesta un poco empezar a arañar la realidad neoyorquina, salir de ese señuelo de glamour. Por eso el libro empieza así, pero luego va quitando capas hasta encontrar otra cosa que quizá no sea tan conocida, pero que también tiene su aquel y que a mí me gusta más, aunque también sea dolorosa.

–De hecho, usted asegura que "el Nueva York de los perdedores" es "emocionalmente más confortable que el concurso de apariencias" que encuentra cuando se codea con "el mundo vip".

–Quizá si yo hubiese sido rico desde el principio me hubiese sentido más cómodo en las altas esferas de Nueva York, pero al final me sentía más testigo o incluso intruso que parte de todo eso. Me gustó descubrir un Nueva York, como decía, más humano y, por tanto, más vulnerable y frágil. Al final, lo que uno necesita como emigrante es rodearse de buenos afectos y, para eso, Nueva York es muy complicada, muy rácana.

–Pese a que usted atribuye al cine de autor europeo su educación sentimental, admite que no pudo escapar tampoco del influjo del sueño americano.

–Sí. Una cosa es el arte y otra la vida, y nadie quiere que su vida vaya a dos por hora. Es cierto que yo crecí en un pueblo viendo cine de culto, y que en Madrid era un fan de la filmoteca. Pero cuando me apeteció soñar, me atrajeron las grandes luces de Manhattan, del frenesí y, sobre todo, de las oportunidades profesionales de Estados Unidos.

"Lo que uno necesita como emigrante es rodearse de buenos afectos, y para eso Nueva York es muy rácana"

Nueva York de un plumazo adopta en cierto modo el molde y el tono de una comedia romántica: es la historia de un hombre que tras una larga búsqueda acaba encontrando el amor. ¿Revisó para su escritura algún libro o película en concreto?

–Me gusta que se vea el romanticismo en una historia relativamente breve por la que pasan veinte hombres diferentes. ¡Sí! Ese es el espíritu: quitar el halo de sordidez a la vida promiscua y saber que, en cada encuentro, hay algo de minirromance. Y, sobre todo, que tener mucho sexo no te inhabilita para el amor, que puede aparecer en cualquier momento o incluso en medio de la vida del picaflor. Como referentes tuve desde las comedias ácidas de Billy Wilder, a esa cosa de grupo de amigos que tenían las buenas películas de Lawrence Kasdan. Es inevitable que haya algo de Sexo en Nueva York, aunque sea en una versión mucho más zarrapastrosa y con el toque emigrante. Y también el libro El enigma, la biografía de Jan Morris, que es un gran libro sobre la libertad de ser quien tú quieras, con muchas contradicciones. Sin embargo, aunque no lo parezca, el libro que más me marcó fue El hombre vivo, de G.K. Chesterton, al que llamaban, precisamente, "el príncipe de la paradoja". Es la historia de una persona que, para no aburrirse, no deja de sabotear su propia estabilidad de manera divertida pero profunda, pura y muy tierna.

–Simón tiene cierto éxito en sus primeras citas por su "emotividad cálida y lisonjera". ¿Es realmente distinta la manera de sentir al otro lado del charco?

–Es radicalmente distinta y ahí nació la inspiración para el libro. Lo que para mí era el kit básico de tratar bien a alguien era para un estadounidense traspasar muchos límites. Eso hacía que algunos se agobiaran pensando que ya me quería casar con ellos, que otros se imaginaran la vida conmigo. La formación sentimental en España es muy fuerte, es nuestra identidad, y compartir nuestras miserias es un acto de complicidad y generosidad. En Estados Unidos la identidad te la da el éxito profesional, pero sentimentalmente están bastante en paños menores, porque todo es amazing y la vulnerabilidad parece un obstáculo en el camino al éxito.

"Yo crecí viendo cine europeo, pero cuando me apeteció soñar me atrajeron las grandes luces de Manhattan"

–Nueva York puede ser una ciudad inclemente, pero usted encuentra humanidad en el lugar más insospechado: Wall Street.

–El mundo de Wall Street como universo me parece amoral, que conste. Además, cuando yo hacía análisis de bolsa era la época en la que los inversores preferían que todo fuera mal para que la Reserva Federal siguiera soltando pasta y favoreciendo a los mercados. Pero es cierto que la gente con la que yo me encontré en ese mundo, en las distancias cortas, fue encantadora y muy generosa conmigo. Eso tiene un doble mensaje: el consabido de que hay gente buena en todas partes, lo cual está muy bien, pero también esa separación a veces un poco escalofriante entre tu moral individual y el servilismo a un sistema o a una corporación que pasa olímpicamente de las carencias sociales del mundo entero. Me gustó conocer ese mundo desde dentro, pero también me generó mucha inquietud.

–Uno de los personajes más singulares del libro es Fred, un hombre de 81 años que hasta los 75 no salió del armario. Usted trabaja en una tesis sobre homosexualidad y vejez. ¿Qué explora en esa investigación?

–Ese personaje, basado en un hombre que yo conocí, fue el detonante de mi investigación. Me hizo preguntarme muchísimas cosas sobre si existe una fecha de caducidad del deseo, sobre la diferencia entre orientación sexual y actividad sexual. En mi tesis comparo el impacto del envejecimiento en hombres homosexuales de más de 60 años en Madrid y en Nueva York. Es un tema apasionante. Tiene mucho de historia oral de personas que pasaron socialmente muy desapercibidas, que vivieron de puertas para adentro. Unos referentes que los homosexuales de mi edad pensábamos que no existían, pero solo hay que buscarlos y escucharlos. También es una reflexión sobre el envejecimiento en general, que ha llegado el momento de reinventar. Estos hombres abren camino en ese sentido para una tercera edad en la que cada uno elija lo que es su familia y los proveedores de cuidados no den por hecho que tenemos hijos o nietos.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios