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Cuando los inviernos eran inviernos | Crítica

El frío y la escarcha

  • Al hilo de la literatura climatológica, hoy en boga, Brunner publica este compendio del invierno en su aspecto más reconocible, esto es, en su imagen nevada, gélida y poco hospitalaria, propia del septentrión

El ensayista alemán Bernd Brunner El ensayista alemán Bernd Brunner

El ensayista alemán Bernd Brunner

Este ensayo de Brunner lleva como subtítulo “Historia de una estación”. Sin embargo, no es exactamente eso: ni es una historificación del invierno, en el sentido cultural que le da Ginzburg a su Historia nocturna, ni es propiamente una crónica de dicha estación, dado que sólo se recogen o comentan aquellas manifestaciones, digamos convencionales, que vinculamos al invierno desde el comienzo de la era moderna; esto es, el invierno noreuropeo y sus ásperos o encantadores paisajes nevados.

Será la familia Brueguel, en el siglo XVI, quien arbitre algo así como una poética del frío

Sobre ese mundo limítrofe de lo hiperbóreo, con su doble colofón polar, encontraremos aquí páginas de una varia y suave erudición, donde la historia asoma, por lo común, como una crónica del frío. También en lo concerniente a la Pequeña Edad de Hielo, que llegó hasta mediados del XIX y tiene su penúltima expresión en los atroces años de la posguerra mundial, ya en la segunda mitad del XX. Con lo cual, apenas se dice nada aquí de los inviernos tropicales, y sí del indudable influjo de la cultura occidental sobre el resto del globo, toda vez que fue capaz de doblegar y poetizar el frío. En este sentido, Brunner recuerda a los hermanos Limburg y su temprana representación de la nieve en Las muy ricas horas del duque de Berry. Sin embargo, esta obra es importante no sólo en su aspecto pictórico. Según nos recuerda Panofsky en Los pintores flamencos, esta miniatura de Febrero es la primera representación “social” del frío y su rigor sobre las clases menestrales, acogidas bajo un frágil cobertizo. Y será la familia Brueguel, un siglo más tarde, quien arbitre algo así como una poética del frío, donde los árboles desnudos testimonian una felicidad infantil, árida y populosa.

También encontrará el lector notas sobre una economía y una morfología del frío, sobre los deportes invernales y sobre aquella conquista de los polos y su añadido mítico, que llevó al XIX a sospechar un paraíso helado, como se recoge en el Frankenstein de Shelley. En todas estas apreciaciones hallará quien lo leyere un refinado y honesto entretenimiento. Un entretenimiento invernal, si leemos al amor del fuego.

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