La vieja obsesión de las élites por no morir: de Gilgamesh a Bezos
Una longevidad extendida realista es posible en las próximas décadas, pero seguiremos siendo vulnerables a las enfermedades. La acumulación de daños celulares significa que la muerte natural se pospondrá, pero no se eliminará
La demencia, habitando el olvido: nada sobre nosotros sin nosotros
Estamos inmersos en un debate cuya imprecisión nos lleva a la oscuridad conceptual de la inmortalidad. Hablamos de amortalidad, de longevidad ampliada, de medicina de precisión para eliminar a la muerte, pero no hemos pensado suficientemente en los dilemas éticos que contrae. Distinguir entre inmortalidad biológica (ausencia de senescencia, como la Hydra) y longevidad extendida (aumento de la esperanza de vida mediante intervenciones médicas) es crucial. Los biólogos definen la senescencia celular condicionada por el límite de Hayflick, el número máximo de divisiones antes de la muerte celular programada.
¿Podremos conseguir revertir este proceso, y para qué? Magnates, políticos, científicos plantean respuestas que rayan lo ancestral. Cuando figuras como Jeff Bezos (fundador de Amazon), o Peter Thiel (cofundador de PayPal), u otros personajes como Bryan Johnson (fundó Braintree) piensan que están innovando, en realidad están replicando fantasías que solo las élites se pueden permitir; diríamos que, como en la Epopeya de Gilgamesh, la inmortalidad pertenece a los dioses, no a los humanos, para su desilusión.
Es cierto que existen charlatanes que han convertido el miedo existencial en un negocio lucrativo prometiendo hiperlongevidad sin evidencia científica. Sin embargo, también existe investigación legítima en gerontología: estudios sobre senolíticos (fármacos que eliminan células senescentes), el ensayo clínico TAME con metformina para ralentizar el envejecimiento y la reprogramación celular parcial mediante factores Yamanaka (Shinya Yamanaka, Premio Nobel 2012). No podemos olvidar el uso de CRISPRa, herramienta para la activación genética. Basarnos en los estudios científicos es el desafío para distinguir entre ciencia rigurosa revisada por pares y promesas especulativas.
Una longevidad extendida realista es posible en las próximas décadas, pero seguiremos siendo vulnerables al cáncer, infecciones y fallos biológicos complejos. La acumulación de daños celulares significa que la muerte natural se pospondrá, pero no se eliminará.
Otra forma de encarar este proceso sería la inmortalidad biológica condicional, donde tratamientos avanzados curarían o prevendrían la mayoría de las enfermedades. Podríamos vivir en un estado de tratamiento médico perpetuo: vigilancia oncológica, intervenciones epigenéticas y reemplazo de órganos. La muerte solo vendría por causa violenta. Pero más años de vida no significarían necesariamente mejor vida, sino potencialmente una existencia precaria encadenada a una dependencia perpetua. Un escenario de ciencia ficción.
En el caso de Bryan Johnson (47 años), líder del proyecto Blueprint, incorporó a su hijo de 17 y a su padre de 70 en una terapia de sangre multigeneracional. Lo justificó citando estudios de parabiosis en ratones, donde conectar circulatoriamente ratones viejos con jóvenes produce efectos rejuvenecedores. Sin embargo, no existen estudios clínicos controlados que validen esto en humanos. La extrapolación es científicamente prematura, pero evidencia cómo las élites creen poder extraer juventud de cuerpos jóvenes.
Plinio el Viejo documentó cómo las élites buscaban el vigor en la arena, bebiendo la sangre caliente de los gladiadores caídos como si fuera un elixir de fuerza o una cura desesperada contra la epilepsia. Esta práctica nos recuerda al vampirismo. De esa misma estirpe de leyendas surge Elizabeth Báthory; se dice que la Condesa Sangrienta llevó esta obsesión al extremo, buscando la eterna juventud en la sangre de cientos de doncellas. Incluso en la actualidad vemos que la longevidad es un objetivo político para autócratas que, como Vladimir Putin o Xi Jinping, buscan eliminar cualquier resistencia mientras ellos continúan en el tiempo.
Las élites ultrarricas seguirían acumulando poder, anulando la renovación generacional. No habría ciclo natural de redistribución: las tecnologías, las riquezas, el poder, seguirían en las mismas manos. Se crearían dos clases de humanos: los longevos y los mortales. Esto nos lleva a la desigualdad temporal como la forma más injusta de inequidad porque es exactamente tiempo de vida, el recurso más básico de todos. Además, agravaría la presión sobre sistemas de pensiones y el impacto ambiental de una población consumiendo recursos durante siglos.
Aquí emerge el problema de la organización del tiempo ante una longevidad extendida: la procrastinación y el arrepentimiento de "no hacer" llevado a la insoportabilidad. En nuestra vida normal, procrastinamos continuamente a pesar de saber que el tiempo que tenemos es limitado. Posponemos llamadas a seres queridos, dejamos visitas para luego, reconciliaciones que aparcamos para otro día. Actuamos como si el tiempo no pasara, pero cuando llega el óbito, esta ilusión se rompe abruptamente y nuestro arrepentimiento se hace irreversible; hemos perdido la oportunidad permanentemente. Ya no hay segunda oportunidad.
Después de esta exposición, nos encontramos con la paradoja definitiva de la inmortalidad como regalo o condena: escapar de la vulnerabilidad mediante tecnología avanzada nos convertiría en más débiles e infinitamente más frágiles que humanos normales no modificados. La inmortalidad, buscada como el regalo supremo, podría terminar siendo la condena de una existencia estática y desigual.
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