Cordobeses en la historia

El último guerrillero del ideal de los años setenta que no pudo ser

  • Antonio Perea Torres creció como los niños yunteros que inspiraran a Miguel Hernández, buscó en 'El Quijote' las primeras palabras y se hizo escuchar y querer por los grandes poetas

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ERAN los primeros años de la Victoria, que no de la Paz. La hambruna y la miseria hacían mella en toda España y, como siempre, entre los que menos tienen. En Montemayor, Elio y Josefa sobrevivían como jornaleros con su hijo Juan José, nacido en 1945, manteniendo la misma actividad cuando, un 28 de septiembre de 1947, llegó su segundo hijo, Antonio Perea Torres.

El chiquillo creció en los años del hambre, pero sólo (o ni más ni menos) sufrió su carencia física, pues con 7 u 8 añillos ya saciaba las ganas de saber en su único libro, en el que aprendió a leer. Se trataba de un Quijote, regalo de su abuelo materno, Frasquito Torres Ruiz, también jornalero en la salina de Duernas y de regreso del sueño libertario de principios de los 30.

Colocaron a Antonio de monaguillo. A veces por encargo del sacerdote dirigía el rezo del Rosario desde el púlpito, y recuerda: "me sabía todos los misterios y cuando no tenía rosario contaba con los dedos". Fue su primer oficio. A los 10 años, era botones o mandaero en la Hermandad de Ganaderos y Labradores; le dieron 20 duros al mes y lo hicieron flecha. Desempeñando la misma tarea en el Ayuntamiento, el alcalde lo descubrió tecleando una máquina, le proporcionó un método y aprendió a escribir con los diez dedos. Pero la alegría de Antonio, tanto por su "cargo" religioso, cuanto por el de Falange, no era compartida por el abuelo. El niño no lo entendía todavía. Empezó a comprender a los 12 años. Estaba al cuidado de una piara de cabras en el cortijo del Álamo y volvía a casa cada quince días en la catalana, a cambiarse de ropa y reponer la talega con morcilla y mudas limpias; cerca de aquella finca encontró un ejemplar de La Codorniz tirado en la cuneta; la revista, junto al Por Favor de Vázquez Montalbán, Juan Marsé, Maruja Torres, o el Hermano Lobo, jugarían un papel decisivo en su vida y en su camino hacia Blas de Otero o León Felipe. Con 15 años guardaba vacas en El Duende, junto al Granito de Oro. Su inquietud y los ojos de una niña que nunca le hizo caso, le llevaron hasta el minero Otero de las Dueñas (León), con unos tíos maternos. Allí trabajó seis meses en el lavadero y la criba; allí probó por vez primera el jamón, la cecina, las manzanas, los golpes de los patronos y las risas de los castellanos por el deje andaluz, que procuró enmendar. Ya adolescente, cuando se buscó en el regreso a Córdoba, las risas fueron por su acento castellano. Y vinieron Barcelona, su capa social más triste, los años sesenta, el bar Gambrino de Alfonso XIII en Córdoba, el reparto del rotativo El Pensamiento Alavés en Vitoria, el regreso a León como listero de Agromán, los viajes al Puerto de Pajares o Mieres en moto, un sueldo por fin digno, los 18 años, la Legión y la graduación de cabo cuando lo vieron escribir. Su paso por el Aaiún, Smara, Sidi Buya o Las Palmas de Gran Canaria, durante cinco años, no fue dulce; le quedó el seudónimo con el que más tarde firmaría sus magníficos textos: Cahue, el nombre de la cantina del cuartel; el recuerdo de una máquina de discos a peseta, la voz de Palito Ortega, la nostalgia y alguna premisa inolvidable: "El que no sirve para matar sirve para que lo maten"; le quedaron las cicatrices de su primera rebelión frente a las normas (con un bidón de gasolina como arma), el consejo de guerra y la prisión.

En 1971 regresa a Córdoba, se hace fresador en la Universidad Laboral y marcha a Alemania a una fábrica de tanques de agua, "en donde a los españoles nos tocaba siempre lo peor". De nuevo en su ciudad, en 1973 se casa con María Cabrera Campos, la madre de sus dos hijos: Elio y Rafael, y vuelve a Barcelona, a la Pegaso.

En 1976, la huelga de la construcción en Córdoba provoca el encuentro con Antonio Gómez Romero El Papi, compañero de textos y lecturas en la incipiente Filosofía y Letras cordobesa o en Toulouse; juntos en un buen número de poemarios como Grito del pueblo, Tenemos un minuto para disolvernos, Al lucero del alba o La divisa, interpretada por el Grupo Trápala.

Era el inicio de incontables artículos a solas o firmados por los ya míticos Papi y Cahue. Antonio Perea coincide con su compañero a través del compromiso que le lleva a la Asamblea de Parados, y a ser objeto, junto a otros, de la ira policial del sábado 24 de enero de 1976, conocido como el Sábado Gris. Por entonces Antonio y María vivían en Los Olivos Borrachos. Allí cristaliza, en noviembre de 1983, la idea largamente madurada, de la creación de un Ateneo Libertario, que fue tomando forma al año siguiente, cuando se trasladan al Polígono del Guadalquivir, en cuyo adecentamiento y entrega tuvo tanto que ver, con las administraciones en contra.

El apoyo de los vecinos y la inquietud de la pareja hacen posible la creación del teatro infantil La Fiambrera, la Asociación de Vecinos Amargacena que él fundó, el colectivo juvenil Acracia y el aula Juan Bernier de difusión de la poesía, mimbres del actual Ateneo, que se registró el 21 de marzo de 1984 como Ateneo Casablanca por la proximidad al cortijo de ese nombre. Lo presidió desde 1983 a 1990 soportando denuestos de las corporaciones municipales. Como Ateneo de Córdoba ha sido su representante desde 1990 a 2012. En él sigue como socia número uno su eterna compañera, María. El resto está casi todo escrito.

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