El tornero de la plaza del Potro que moldea las imágenes del siglo XX
Cordobeses en la historia
Ángel Rodríguez Lubián nació y creció cerca de un torno entre El Potro y el Guadalquivir, trabajó junto a las pantallas grises del NO-DO y mantiene un oficio artesanal en proceso de extinción
EN ese día de enero, la noticia nacional era el Indulto Real para Pedro Mateu y Luis Nicolau, anarquistas acusados del asesinato de Dato, mientras Primo de Rivera trataba en la Presidencia la ordenación ferroviaria y la reorganización del Observatorio Astronómico de San Fernando. Alfonso XIII paraba en Córdoba, camino de Hornachuelos, para practicar "el deporte cinegético" en La Moratalla y un escaparate de Gondomar lucía el discurso que el Rey pronunciara tres años antes en el Círculo de la Amistad. "El artístico pergamino", con letra de misal y la cara del monarca, era obra del Profesor Ezequiel Ruiz. Dedicado también a la labor artesanal de escribir estaba Octavio Nogales, un periodista de La Voz que alertaba valientemente de la moción auspiciada por "numerosos concejales" pidiendo la demolición de la Puerta de Almodóvar.
En la Plaza del Potro, andaba por esos días un maestro de la madera llamado Rafael Rodríguez Martínez; menestral por afición y subalterno del Cuerpo de Correos. Tenía casi 50 años cuando casó con Rafaela Lubián Serrano, viuda como él y con hijos ya mozos. Juntos tuvieron a Ángel Rodríguez Lubián, nacido aquel 19 de enero de 1924 en que Córdoba recibía a Alfonso XIII. Ángel no disfrutó de la madre; a su muerte, fue la hermana mayor quien asumió ese papel, compartido con la tía Dolores, la mujer del conserje de Hacienda que le abría su casa en la antigua administración a los primeros recuerdos del niño.
Su primera escuela fue la del Ave María de la calle Armas y todavía la describe con asombrosa claridad: "Era preciosa. Tenía un mapa de piedra junto a una fuente, en donde nos poníamos los nenes a ver los ríos". Allí conoció el teatro y las comedias; las carrozas de Navidad y la razón del nombre de la calle El Tornillo que desemboca en La Candelaria, por el pequeño torno en que se depositaban a los expósitos.
Con nueve añillos, ya pertenecía Ángel a la banda de cornetas que ensayaba en la calle Armas mientras estudiaba en el colegio público de don Rafael Suárez, sito en Pedro Muñoz, y aprendía a manejar el torno del padre, todavía a pedales. La Corredera, El Potro y la Travesía de la Ribera eran su camino diario; los paisajes que quedaron impresos para siempre en su corazón y en su voz: "Mi casa estaba junto a la primitiva Taberna del Río, la de los Villanueva, que era una planta baja con dos familias arriba". La de Ángel compartía espacio con cuatro más: el sastre que tenía un reñiero de gallos en Capuchinos, como una plaza de toros pequeña; el cocinero de la mítica freiduría La Malagueña, la dueña de la casa y ellos.
El muchacho creció a la par que el entorno soñando con ser tornero mecánico en Fundiciones La Cordobesa, y "lo hubiera logrado de no ser por otra recomendación más grande"; como siempre en Córdoba. Conoció la Posada del Potro albergando a los pavos por Navidad y los madrugones para hartarlos de agua y habas antes de pesarlos en el mercado. La Posada tenía las "cuadras al fondo y las habitaciones donde hoy se expone". Con el ganado vio llegar a huéspedes, vendiendo encajes en los años 30, que acabaron comprándola e instalando tiendas selectas en la calle Jesús y María, allá por los 40. Se encargó muchas veces de llevar las astillas a la cocina de un Julio Romero, también madrugador, asentado junto a su Pacheco a las puertas de la casa "viendo pasar al mujerío camino de la Plaza Grande". Francisca Pellicer, mientras tanto, se colgaba su cesta de mimbre para ir a comprar: "Era una mujer muy sencilla, guapísima; luego, cuando se puso mayor, la sacaban Rafael, Amalia y María en un coche de caballos para que viera Córdoba. Que le gustaba muchísimo".
El taller del Potro, abierto por el padre en 1928, era ya la vida de Ángel Rodríguez. No lo abandonó cuando en el año 51 entró a trabajar en el Cine Florida, ni cuando dos años más tarde formó parte de la plantilla de Sánchez Ramade. Su horario empezaba a las siete de la mañana moldeando la madera hasta las tres de la tarde, y continuaba con las cinco funciones diarias. Así paso por los cines Magdalena, Séneca, Lucano, Góngora u Osio, y por todas y cada una de las fases de abandono y recuperación del Guadalquivir: la llegada de los pescadores desde Don Benito que llenaban las camionetas de peces; el tiempo de los buzos, del Maero o de Alfonso, que enseñaban a los niños a nadar "como a los perros, con una cuerda a la cintura y nada más". Vio llegar las casetas de Feria del Ayuntamiento que se colocaban en el río para que las mujeres se bañaran dentro sin que nadie las viera, y las bandas de música, los concursos de regatas y de saltos o la chorrera del Molino de Martos que era la ducha de los bañistas.
Cuando las manos del padre dejaron de hacer diábolos para las niñas, carretes para pescadores, trompos, trompichas, lámparas y soberbias balaustradas, las de Ángel continuaron con la labor en el mismo rincón del Potro donde hoy sigue siendo un interesante atractivo para lugareños y auténticos viajeros, que no turistas.
Ángel se casó en San Francisco, su barrio, con Ana Vivas Márquez, la madre de sus hijos Rafael y Ángel, a la que cuida como a la niña de 16 años que lo enamoró y ha vuelto a ser.
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