La medicina no es neutral
Humanidades en la Medicina
Existen pacientes que no tienen voz en el espacio público, enfermedades que no reciben inversión y profesionales que sostienen la estructura de lo público con un sacrificio silencioso que nunca aparece en los discursos de éxito institucional
El poder del sueño en tu salud
Pensamos que la medicina se presenta guiada por la evidencia científica, tanto en el ámbito asistencial como técnico. Sin embargo, la toma de decisiones sobre qué enfermedades se investigan o qué poblaciones reciben atención prioritaria permanece invisible. Esto revela que el sistema sanitario también participa de una lógica de poder, y que este no solo se ejerce mediante leyes, sino a través de la construcción de un relato.
La narrativa puede cambiar la historia, como Orwell nos advirtió. “Quien controla el pasado controla el futuro”, con el agravante de poder modificarla. Solo debemos pensar que no todos los cuerpos importan del mismo modo, ni todas las vidas merecen igual esfuerzo colectivo. Este pensamiento desgarrador podemos observarlo en diferentes conflictos, ya sean armados, guerras, sociales, laborales, etc. ¿Quiénes son los que pierden? ¿Hablamos de los perdedores?
La historia se ha encargado de aupar a los vencedores, sin importar la legalidad o la ética en su consecución; en cambio, a los perdedores, en general, se les ha ignorado, marginado o incluso borrado de la memoria colectiva. En el libro La historia de los perdedores se trata precisamente de recordar a los olvidados, a los que fueron desplazados o rechazados.
Pero estos perdedores, que han sido los indispensables para la sociedad, y que al mismo tiempo han coexistido invisibilizados en el relato, precisamente, por esa misma comunidad que lo cimenta. En la historia de la ciencia encontramos innumerables ejemplos de perdedores que contribuyeron al avance científico.
El poder decide quién merece ser recordado y quién queda relegado al silencio. Muchos pueblos han sido maltratados, pero lo peor es que lo han sido por dos veces, una por la propia historia y otra por quien asumió la responsabilidad de contarla. Es posible que si reconocemos a los olvidados, estemos reconociendo igualmente su aportación a la sociedad.
Las asimetrías sociales podemos ponerlas en evidencia si las extrapolamos a la medicina, en la que la utilización de las poblaciones vulnerables para ensayos clínicos no regulados se imbrica totalmente con el concepto de necropolítica de Achille Mbembe, definiendo estructuras que distribuyen la vulnerabilidad de manera desigual. En sanidad, la necropolítica se manifiesta en la diferencia de esperanza de vida entre barrios de una misma ciudad; en todas las ciudades hay un desequilibrio sistémico; la mortalidad evitable se concentra en los grupos socioeconómicos más bajos, en el abandono de patologías que afectan a poblaciones sin representación política o con un peso económico menor.
Las enfermedades desatendidas son la expresión más cruda de esta lógica: millones de personas padecen la enfermedad de Chagas, leishmaniasis o esquistosomiasis y cargan con complicaciones mortales. La investigación sobre estas patologías no promete retornos financieros atractivos; políticamente son efímeros; en definitiva, no interesan. No es ciencia lo que falta, sino voluntad políticay económica. Se repite, quienes sufren no entran en el relato dominante porque su sufrimiento puede ser ignorado, no altera los equilibrios del poder.
De igual forma, podemos referirnos a los pacientes psiquiátricos a los que sometieron a tratamientos hoy considerados inaceptables, o a los enfermos de patologías estigmatizadas como lepra, tuberculosis, VIH, y todos aquellos que vivieron en los márgenes de los sistemas sanitarios sin voz ni representación.
La narrativa dominante en los avances médicos, muchos de ellos realizados con un coste humano no revelado, abre una brecha donde la innovación diagnóstica o terapéutica impide que millones de personas se beneficien de este progreso. Existen pacientes que no tienen voz en el espacio público, enfermedades que no reciben inversión y profesionales que sostienen la estructura de lo público con un sacrificio silencioso que nunca aparece en los discursos de éxito institucional.
Toda esta organización está mantenida por un mecanismo que no provoque rechazo moral, bajo la ética del engaño. Se trata de discursos que aparentan preocupación, transparencia y compromiso. De esta forma encubren y perpetúan la desigualdad. El engaño se ha utilizado históricamente como herramienta legítima de un gobierno para el control del relato.
En el ámbito sanitario, observamos cómo la ética del engaño adquiere su función, adoptando formas y fórmulas que declaran un compromiso, como en Atención Primaria, enquistando, sin solucionar y permitiendo el desgaste, hasta hacerla inoperante en muchas zonas de nuestra geografía. Sobrecargan a los profesionales, diseñan sistemas que los llevan a la extenuación.
En este contexto, los pacientes y los profesionales sanitarios son los olvidados. Entre el discurso político y la realidad se abre una brecha estructural. Lo hemos visto en la huelga de médicos reciente, que ilustra este fenómeno con una claridad dolorosa. Al final observamos que la medicina no es un ámbito ajeno al poder, que los discursos institucionales pueden envolver hipócritamente la realidad como capas de compasión, pero la desigualdad sigue.
Los perdedores, los pacientes invisibles, las poblaciones marginadas, las enfermedades olvidadas y los profesionales, tienen el derecho a ser visibilizados, reconocidos y pasar al centro del relato. Solo desmontando estas lógicas en el cuidado, la medicina puede ser verdaderamente universal.
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