Mujeres singulares de Córdoba

María Fernández Coronel. La noble que se reveló contra Pedro I el Cruel

  • Fue señora de Aguilar y Montalbán, esposa de Juan de la Cerda y acabó sus días en el convento de Santa Inés de Sevilla, donde aún se conservan sus restos

El cuerpo incorrupto de María Coronel se expone cada 2 de diciembre en el convento. El cuerpo incorrupto de María Coronel se expone cada 2 de diciembre en el convento.

El cuerpo incorrupto de María Coronel se expone cada 2 de diciembre en el convento. / El Día

Nacida en 1334, señora de Aguilar y Montalbán, hija de Alfonso Fernández Coronel y Elvira Alfón de Biedma. La vida e historia de María están íntimamente ligadas a la del rey Pedro I el Cruel o Justiciero. Su padre y esposo murieron ajusticiados por orden del monarca acusados de haberse sublevado contra el poder real. Su padre, Alfonso Fernández, señor de Aguilar, señor de Montalbán, alguacil mayor de Sevilla y miembro del consejo privado de Alfonso XI, murió decapitado en Aguilar de la Frontera en el año 1353 al ponerse del lado de Enrique de Trastámara en la lucha de este con su hermanastro el rey por el trono.

Vivió en la esquina de la calle Arrayán con la calle Feria en Sevilla y contrajo matrimonio con Juan de la Cerda, descendiente de la familia real de León y potencial candidato a la corona real de ocurrirle algo a Pedro. Y, aunque el suegro de María había reconocido a Alfonso XI su derecho al trono, Juan permanecía bajo sospecha y acabó por comenzar a instigar también contra el rey. Se unió a la causa rebelde aportando dinero, soldados y todo cuanto hizo falta. Pedro I acabó ordenando que fuera encerrado en la Torre del Oro –de donde había sido trasladada previamente su cuñada Aldonza tras pasar por Carmona–. Cuenta la tradición que Juan salió en defensa del honor de su cuñada, doña Aldonza, hermana de María, cuando el rey la acosaba pidiéndole sus favores.

Ante el grave peligro que acechaba a su marido, María Coronel viajó desde Sevilla a Tarazona (Zaragoza) para suplicarle personalmente al rey el perdón. Lo obtuvo, pero para cuando volvió a su ciudad, se encontró que Juan de la Cerda, nieto de Guzmán el Bueno, descendiente directo de Fernando III el Santo, ya había sido ejecutado, decapitado en el año 1357.

Tras la muerte de su esposo, se apartó de la vida mundana para llorar su desgracia. A pesar de su retiro, Pedro I el Cruel puso sus miras en ella, intentando por todos los medios conquistarla, poniendo en juego para tal fin todas sus dotes de hombre y de rey. Ante tal acoso, huyó a casa de sus padres en la calle Arrayán, hoy Palacio de los Marqueses de la Algaba, pero el rey se enteró dónde estaba y decidió asaltar la casa y secuestrarla. María sintió el alboroto y huyó por la puerta que daba a la iglesia de Omnium Sanctorum y de allí a la calle Feria, rodeó la Laguna, la zona de la Alameda, y fue al convento de Santa Clara a pedir refugio.

Pedro I el Cruel puso sus miras en ella, intentando por todos los medios conquistarla

El rey ya le tenía echado el ojo a María y al igual que hizo con su hermana, la reclamó a su presencia. Ella no acudió y el rey Pedro I fue a buscarla personalmente al convento. Ante la llegada del rey, María consiguió esconderse de él, tapando su escondrijo con unos palos y ramas. La tradición llegada a nuestros días indica que brotaron flores y plantas que consiguieron ocultar el nicho a los ojos del rey y sus sirvientes. Pero el rey volvió pronto, cogiéndola esta vez por sorpresa. Quería llevársela al Alcázar a la fuerza.

María, al pasar por la cocina, observó una sartén que tenía aceite hirviendo y optó por echárselo en la cara y que la desfigurara horriblemente... El rey, al entrar en la cocina, contempló la dantesca imagen que él había provocado y quedó perplejo y con un gran sentimiento de culpa. Pedro I mandó llamar a la abadesa del convento y ordenó que la cuidara, así como le pidió que fuera atendida. A partir de ese momento, el rey la dejaría en paz. Ingresó en el convento.

Tras la muerte de su padre y esposo, doña María perdió todas sus propiedades, que fueron confiscadas por Pedro I. No es hasta la llegada al poder de Enrique II –Pedro I muere a manos de su hermanastro– que las nobles recuperan sus extensas propiedades en Sevilla.

Tras la muerte de su padre y esposo, doña María perdió todas sus propiedades

Con la fortuna recuperada, María y Aldonza fundaron el convento de Santa Inés en el solar del antiguo palacio de su padre, cercano a la Parroquia de San Pedro. Allí se trasladaron en 1376 con las monjas del convento de Santa Clara, del cual fue la primera abadesa, siendo priora hasta su fallecimiento que, aunque tradicionalmente se considera que murió el 2 de diciembre de 1411, el historiador Moreno Alonso dice fue en 1409, cuando tenía alrededor de 75 años.

Como priora tuvo el privilegio de ser enterrada en el coro del convento, junto a su marido y una hija pequeña, donde permaneció hasta 1679, en el que con motivo de unas obras su féretro se abrió y se comprobó que su cuerpo permanecía incorrupto a pesar de los años. Fue depositada en una urna y desde 1834, año en que se decreta la incorruptibilidad de su cuerpo, puede ser visitado el día 2 de diciembre, aniversario de su muerte, en la sevillana iglesia de Santa Inés, donde se expone al público su cadáver, venerándose piadosamente por los sevillanos año tras año, pudiendo ver en directo las marcas y cicatrices que el aceite dejó en su rostro y cuello.

Como dato curioso hay que hacer ver que en la capilla de este convento tuvo lugar la leyenda dada a conocer por Gustavo Adolfo Bécquer en la obra Maese Pérez el Organista.

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