¿Hay algo más allá de la democracia?

Tribuna universitaria

La verdadera libertad consiste en la justa afirmación de lo que somos esencialmente en tanto que seres humanos, y es que más allá de la democracia se encuentra la antropocracia

Hillary Clinton, durante la convención demócrata en EEUU.
Hillary Clinton, durante la convención demócrata en EEUU. / Mike Segar / POOL / EFE
Rosa María Amansa Pérez
- Profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Córdoba

Córdoba, 08 de febrero 2026 - 06:59

Es (relativamente) usual que afirmemos que la guerra de Estados Unidos en Vietnam costó entre 3 y 4 millones de vidas vietnamitas; o entre 2 y 4 millones en Corea. También podemos decir que la política de colonización británica en la India segó millones de vidas, muchas de hambre. O que los gobiernos y servicios secretos de Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia han amparado y amparan golpes de estado, dictaduras, desestabilización y gobiernos títeres en una lista innumerable de países al menos desde el pasado siglo.

Pero no se nos ocurre decir que las democracias de estas naciones -entre otras- han amparado políticas asesinas o genocidas. Datos tales como que las conveniencias electorales de Nixon alargaron cinco años la guerra de Vietnam no parecen invalidar la política democrática. Esta se blinda ante la afirmación aparentemente incontestable de que no hay sistema que pueda superar a la democracia, y que su única alternativa es la dictadura. Y eso que también se ha insistido bastante en que la Historia carece de leyes y que no hay verdades absolutas.

Asimismo, solemos restar importancia a que las democracias consientan o se alíen con todo tipo de regímenes deleznables (ello sería producto de los “intereses” en juego —decimos—, achacándoselo a una “naturaleza humana” que negamos para cualquier otro caso). Durante años, las democracias toleraron el expansionismo nazi con la esperanza de que se desplazase hacia el espacio soviético, razón por la cual Gran Bretaña y Francia sacrificaron a la República española en 1936 y, junto con Estados Unidos, pospusieron la apertura de un tercer frente en Europa a junio de 1944.

Entonces y hoy, fascistas y demócratas, dictaduras y democracias, se rigen por una ley común: la de la acumulación de capital. En definitiva: el mundo no está verdaderamente dividido entre estos dos modelos, sino que rige una capitarquía -o dominio global del capital- que es la que, en última instancia, explica alianzas y desencuentros de todo tipo, incluyendo las numerosas guerras que nos asolan. En otras palabras: la democracia exige imperialismo, porque lo que le interesa es, ante todo, su economía.

Históricamente, la democracia moderna surgió ligada a la burguesía y a la representación de sus intereses en su lucha contra el privilegio heredado y la arbitrariedad de reyes y aristócratas, y en pro del legítimo reconocimiento de los derechos individuales. Apoyándose a menudo en el elemento popular, materializó su proyecto histórico: el de su realización como individuos particulares. La democracia también se hizo necesaria para regular la gestión del capital, evitando su completo acaparamiento. Pero ese proyecto se agota hoy ante la imposibilidad de conciliar una miríada de intereses particulares.

Esto último explica que la política se reivindique a menudo como la actividad humana por excelencia. Pero la política es la negación de la razón. En efecto, en nuestro tiempo se ha desvalorizado la reflexión filosófica y se ha puesto por delante la política, que adapta el pensamiento a las conveniencias propias. Esta es, pues, un juego, y como tal, en ella se apuesta, incluso acerca de aquellas cuestiones sobre las que de forma alguna debiera hacerse. No son otra cosa las elecciones.

Es más, la democracia se conforma generalmente como un sistema de competencia entre egoísmos, ya que en ella se dirimen sobre todo intereses, mientras que las más legítimas exigencias suelen tener escaso peso e influencia. Y puesto que en democracia la meritocracia se erige como la forma de administrar la “justa desigualdad” que se cree necesaria, la consecuencia es que vivimos en una ordenación jerarquizada de apuestas. Es decir, que tienen preferencia unas sobre otras en función de los “méritos” respectivos.

Pero la meritocracia no es otra cosa que una autovaloración desvalorizadora (de otros), y por tanto está ligada no solo al clasismo (interno o externo al propio país), sino a otras lacras como el racismo. Si fuéramos capaces de mirar a la meritocracia de frente, descubriríamos que ha sido, históricamente, la fuente de toda violencia: toda posición de superioridad frente a otros ha venido, en cualquier tiempo, justificada invariablemente a través de un supuesto mérito.

Actualmente, la solución progresista a la crisis de la democracia es la de despojarnos de toda identidad humana en tanto que tal. En consecuencia, se pretende que elijamos identidades “a la carta”. Es la última etapa de un largo proceso de vaciamiento de contenidos. Pero, si el capitalismo no es liberador, ¿por qué iba a serlo su forma de gobierno?

La verdadera libertad no consiste en apostar. Consiste en la justa afirmación de lo que somos esencialmente en tanto que seres humanos: poder de amar para dar lo mejor de nosotros mismos, de pensar para buscar la verdad de lo que se trate, de decidir en consecuencia, de imaginar y de crear conforme a la afirmación de los demás poderes. A esto le llamamos el gobierno de nosotros/as mismos/as. Más allá de la democracia está la antropocracia.

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