El estudiante de Aranjuez que se trajo de Huelva el ascenso del Córdoba de 1962

Cordobeses en la historia

José Luis Navarro del Valle nació en Aranjuez, se educó en los Jesuitas, se apasionó con el balón y abandonó su tierra y su destino para entregarse a los colores y las gentes de su ciudad

El estudiante de Aranjuez que se trajo de Huelva el ascenso del Córdoba de 1962
El estudiante de Aranjuez que se trajo de Huelva el ascenso del Córdoba de 1962
Matilde Cabello

14 de abril 2013 - 01:00

EN España había huelga "hasta de toreros" en el decir de la prensa, pero hubo un lleno completo en la Feria de Mayo y un paseíllo en Los Tejares de las cuadrillas de los hijos de Sánchez Mejías y Juan Belmonte, con utreros de Concha y Sierra. El Museo de Julio Romero estrenaba nuevas salas con Jaén Morente como presidente del Patronato del Museo de Bellas Artes. En San Pablo 7 y 9, Antonio Estévez anunciaba colocación de persianas a domicilio y precio de fábrica y Sulfureto Caballero aseguraba curar la sarna o la roña, en diez minutos, cómodamente y sin baño. Lejos de la Feria de la Salud del 36, la Comisión de Justicia de la Segunda República se reunía en el Congreso de los Diputados, hasta las 12.30 de la noche, deliberando sobre la necesidad de establecer un Jurado que enjuiciara la conducta de los magistrados.

La casa de comidas y fiambres La Rana Verde servía ya, entre Córdoba y Madrid, sus famosos platos caseros a la altura de Aranjuez. En aquella comandancia militar tenía su destino el conquense Sandalio Navarro López y Carmen del Valle Gómez, de orígenes ecijanos. Habían pasado ya por el protectorado marroquí y por la muerte de dos hijos. Luego vendrían Lisardo, José, Sandalio, Lola, José Luis e Ignacio. Educados en el colegio de don Andrés Martínez de Aranjuez, José murió con 27 años siendo ya ingeniero y Lisardo dirigiría la Farmacia Militar de Madrid. El penúltimo de ellos, José Luis, nacía un miércoles 27 de mayo de 1936, lejos de la Córdoba festiva a la que, con el tiempo, regalaría el primer ascenso a Primera División compartiendo colores verdiblancos con Roque Olsen, Simonet, Benegas, Martínez Oliva, Ricardo Costa, Rihaji, Miralles, Paz Gamarra, Lorenzo Homar o el eterno Juanín.

La severidad del profesor de Aranjuez, humanista, constante y rígido, no impidió que el niño destacara con 7 años en un juego que, según el padre, no era apto para gente seria.

José Luis Navarro entró con diez años en el colegio Loyola de Aranjuez, en donde el Padre Fuentes, jesuita extremeño y gran aficionado al fútbol, le animó a seguir jugando y acogió de buen grado la visita al colegio del Juvenil de Aranjuez para ficharle. Contra el Atlético, el Real Madrid o el Plus Ultra quedaron los segundos de la liga aquel año del 53. Vio marcharse a algún compañero al equipo de El Ferrol y él mismo formó parte de la selección española sub-19.

En Madrid, Juncosa se había fijado en él con el ascenso del Córdoba a 1ª División en mente. Fueron a contratarlo y José Luís los remitió al padre. Muy de mañana, la directiva encabezada por Cruz Conde visitó el chalé familiar ante la perplejidad y la negativa del padre, que apaciguó Carmen. Confiaron en que aquel juego, que seguía sin agradarles, fuera un breve paréntesis en la carrera del hijo y lo autorizaron pasadas las tres de la tarde. Doña Carmen no consintió que se marcharan sin un almuerzo preparado por ella, siguiendo la escuela de la tía Matilde, dueña del embarcadero de La Rana Verde.

Navarro emprendió el viaje a Córdoba un 2 de agosto de 1955 en el expreso de Algeciras. Diez horas más tarde, y a las 6 de la mañana, encontró una ciudad en total penumbra; al fondo vio una luz morada, la del hostal Montes, en donde se refugió por un día, y halló las primeras palabras de acogida en el recepcionista: "Usted es futbolista, ¿verdad?". Su foto ocupaba un lugar destacado en la prensa de la mañana. Dos horas más tarde un taxi lo dejaba en el viejo Arcángel y a mediodía le decía a Juncosa: "Yo no aguanto un día más con este calor".

Su única temporada se alargó 16 años y así hasta hoy. Hizo suyo aquel pueblo grande que le pareció Córdoba: "Era una ciudad encantadora, de gente silenciosa, discreta; no se oían tantas voces como ahora. Córdoba era una tumba, pero tenía la cafetería París y El Barril; Pepe Luque y su auténtico museo de fotos, las quinielas, las porras, sus peroles, su cariño". Iba a entrenar a pie por la calle Gondomar, Las Tendillas y la calle La Feria: "Córdoba me hacía reflexionar su pasado, su grandeza. Encontraba los camiones cargando arena en el río y el Puente Viejo, y las muchachas; las más guapas están en Córdoba". Una de ellas, Petri Gómez, apareció con el uniforme de Las Esclavas en el 55 y 13 años después se casaron.

Navarro obtuvo la Insignia de Oro y Brillantes de su club, la de Oro de Córdoba y la de la Federación Andaluza, mientras iba siendo testigo de Córdoba; de la tragedia en el río del 26 de abril del 64, cuando jugaron contra el Levante y ganaron por 4 a 0: "Un partido terrible, porque no sabíamos quiénes eran y luego porque nos enteramos. El campo se quedó vacío, luego se llenó otra vez. No sé cómo pudimos seguir jugando", dice con la misma emoción con que recuerda el 1 de abril del 62 en Huelva, el ascenso. Los niños del Campo de la Verdad jugando al balón en la puerta de su casa, el accidente mortal en el 68 de su compañero Ricardo Costa y un fatídico 14 de agosto de 1996, cuando un autobús se llevó a Petri. Desde el Martes Santo, vive un poco más huérfano echando de menos cada mañana la voz de Juanín al otro lado del teléfono: "¿Qué haces José? Vente conmigo a San Basilio".

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