Tribuna de opinión

Toda una revolución: tenemos la ocasión de edificar una nueva civilización

Tomás Moro. Tomás Moro.

Tomás Moro. / El Día

Tomás Moro, gran intelectual del siglo XVI, llegó a ocupar cargos de importancia en la corte de Enrique VIII: embajador en los Países Bajos, portavoz de la Cámara de los Comunes y Lord Canciller. Fue el primer laico que ocupó este puesto político en Inglaterra. En su obra Utopía criticó el orden social, político y religioso de su tiempo. Sus valores eran la igualdad, la tolerancia, la fe y la ley. 

A pesar de su valía y de su servicio a la corona y a la nación, acabó en el cadalso por no aprobar el repudio y divorcio del rey con Catalina de Aragón. Enrique le pidió que fuera parco en sus últimas palabras, que fueron: “Pido oraciones para que Dios envíe buen consejo al rey, del cual muero como buen servidor, aunque de Dios primero”. Sirvió a su país en todo lo que su conciencia le permitió, que fue muchísimo. Pero afirmaba: “El hombre no puede ser separado de Dios, ni la política de la moral”.

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, nos dice Jesús. Es una invitación a comprometerse con el mundo, a amar el momento presente, a poner todos nuestros talentos al servicio de los demás. Un buen cristiano está en condiciones espléndidas de ser un gran ciudadano porque tiene el apoyo de su fe y de la gracia de Dios. El Evangelio siempre es buena noticia, luz que esclarece las tinieblas, fuente de vida renovada. Con esa llama podemos dar calor, vida y sentido a muchos que se sienten perdidos y aturdidos por el miedo.

Somos sociales por naturaleza, hemos recibido mucho de los demás y lo normal es que aportemos todo lo que podamos. No solo a la familia, también a la nación, al mundo. Seguro que tenemos muchos talentos desaprovechados, fuerzas que apenas nos hemos aprovechado. Podemos amilanarnos ante los problemas y las dificultades.

Hay quien se llena de miedos: temor a contagiarse, a perder las comodidades, el trabajo, las rutinas…Algunos envejecen muy pronto, otros se esconden en una eterna adolescencia o se problematizan, pero tenemos que avanzar. Hay que soltar la imaginación, aplicar la inteligencia, abrirse y aprender de los demás. Salir de nosotros mismos, arriesgar y abrir camino.

Dar al César esperanza, ilusión, unión. Enriquecer con nuestro trabajo bien hecho, concienzudo, sin mirar lo poco o mucho que puedan hacer los otros. Devolver a Dios todas las energías, capacidades y posibilidades que tan generosamente nos ha dado, sirviendo a los demás. Dice el Papa en Fratelli tutti:” Cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa nueva. No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan, sería infantil.

Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones. Seamos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos”.

No perdamos energías criticando lo que hacen mal los demás y aportemos lo mucho que nosotros somos capaces de hacer. Copio un pensamiento de san Josemaría: “Ya hace muchos años vi con claridad meridiana un criterio que será siempre válido: el ambiente de la sociedad, con su apartamiento de la fe y la moral cristianas, necesita una nueva forma de vivir y de propagar la verdad eterna del Evangelio: en la misma entraña de la sociedad, del mundo, los hijos de Dios han de brillar por sus virtudes como linternas en la oscuridad”.

Tenemos la oportunidad de construir una nueva civilización donde rijan la igualdad, la tolerancia, la fe, la ley y sobre todo el amor. Sería toda una revolución.

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