Historia taurina

Púrpura real para un Califa en su despedida

  • Con 52 años, 'Lagartijo' no quiere hacer una temporada intensa, entre otras cosas porque el cuerpo ya no está para ello. Decide actuar solo cinco tardes, pero en escogidas plazas

Traje que lució 'Lagartijo' en su despedida. Traje que lució 'Lagartijo' en su despedida.

Traje que lució 'Lagartijo' en su despedida. / El Día

Los años transitan por nuestras vidas tan fugazmente, que no nos damos cuenta. Nos dan experiencia, aportan madurez y sabiduría, pero también merman nuestro espíritu y, sobre todo, nuestro físico. Las fuerzas y el vigor se pierden sin que nos percibamos de ello. Cuando somos sabedores de que pasó el esplendor, es la señal de que la vida comienza el declive definitivo.

El torero, muy a pesar de su preparación, es consciente de que el momento del adiós a la profesión está cercano. Las condiciones físicas son vitales en el toreo, de ahí que cuando se pierden, el hombre está más a merced de la fiera que nunca. El accidente de la cogida, e incluso la muerte, están cercanos.

Esa falta de facultades lleva también a que la mente no esté preparada para la lucha. El instinto de conservación, que no el miedo, hace que el torero no alcance las cotas a las que llegó en los años de mayor pujanza. Aunque el subconsciente diga que no, ha llegado la hora del adiós.

Tras la temporada de 1892, Lagartijo, el Grande, está cansado. Las fuerzas no son las mismas de las de aquel joven que se convirtiese en matador de toros en Úbeda el día 29 de septiembre de 1865. Tampoco las que le llevaron a mantener una rivalidad brutal con Frascuelo, su polo opuesto. Lagartijo era la elegancia ante los toros, la sapiencia y el buen gusto. Frascuelo era tosco, pero valiente, de menor sensibilidad artística, pero cabal ante las reses que tuvo que lidiar.

Ambos espadas marcaron una época brillante en la historia del toreo. En las postrimerías de la centuria decimonónica todo se ha marchitado. Guerrita, que viene empujando con fuerza, no respeta a sus antecesores. Ante tal disyuntiva, Lagartijo decide que ha llegado la hora de decir adiós.

Con 52 años no quiere hacer una temporada intensa, entre otras cosas porque el cuerpo ya no está para ello. Decide actuar solo cinco tardes, en escogidas plazas, para despedirse de la afición y de la profesión con la que alcanzó notoriedad. El mes de mayo centrará su gira para el adiós. Los marcos son Zaragoza, el día 7; el 11, Bilbao; diez días después en Barcelona; el 28 en Valencia, y terminar el día 1 de junio en la vieja plaza de Madrid. En todas el Califa del Toreo actuaría como único espada, estoqueando reses de Veragua, menos en Zaragoza, que se las vería con reses navarras de Espoz y Mina.

Es domingo. 28 de mayo de 1893. Lagartijo se encuentra en la capital valenciana. Es la fecha escogida para decir adiós a una afición que le idolatró. En la fonda Roma, sobre la silla, está dispuesto un terno púrpura y oro. El color de sus devociones, Jesús Caído y el Cristo del Pretorio de la ermita en el Campo de la Merced, que recoge sus vestiduras tras ser azotado, y para el que toreó con el fin para costear la construcción de su ermita.

Así revestido de púrpura, color de reyes, hará el paseíllo esa tarde en el coso de la calle de Játiva. Rafael está preocupado. Las corridas de la despedida, hasta la fecha, han sido un fiasco. Los toros, escogidos para la ocasión, no se han prestado al lucimiento. Lagartijo solo ha podido dejar detalles de aquella tauromaquia estilista y gallarda con la que conquistó a los aficionados españoles.  

Los valencianos lo han recibido con vítores al Califa. Los billetes se han agotado y los reventas, a pesar de la prohibición del gobernador civil, han sacado jugoso beneficio. A las cuatro y media de la tarde, vestido de púrpura y oro, Lagartijo hace el paseo en Valencia. Las palmas son de época al romper filas. El público homenajea al matador por su trayectoria torera en la tarde del adiós. Los toros del Duque de Veragua, escogidos para la ocasión, se prestan más que en anteriores ocasiones. Rafael luce, aunque sus facultades no son las más propicias para reverdecer añejos laureles.

Aun así, es aplaudido durante toda la tarde, a excepción del cuarto, con el que pasa un Calvario para darle muerte. Se escribió que aquella tarde, Rafael “estuvo rejuvenecido, trabajador, concienzudo y elegante; en los quites usó del toreo de salón y nos dejó ver alguna de sus primorosas largas, en que nos demostró que si se le van las facultades, la gracia no le abandona”.

Continua el crítico Torerías narrando la actuación de Lagartijo: “En banderillas, bordando en oro en el primer par de lujo, y bien en los otros. Dirigiendo, hecho un jefe de cuadrilla y un ganadero. Hizo tratar al ganado a conciencia; que se le diera poca lidia y ésta muy buena”. Para terminar diciendo: “Rafael, el gran Califa, abdica al fin, pero bien completada la obra; pues lejos de llevarse consigo el arte, como apasionadamente creen algunos, deja un digno sucesor y continuador de sus glorias en Rafael II, el incomparable Guerrita, que no tardará en llenar el vacío que deja con su retirada el laureado maestro. Valencia ha despedido magníficamente a Lagartijo al terminar la corrida, y yo también envío mi adiós al gran torero, a quien deseo salud y prosperidad en su tranquilo retiro, mientras la afición conservará de él gratos recuerdos para mucho tiempo”.

Fue la tarde de mayor lucimiento de la temporada de despedida. Tal vez por ello, aquel púrpura y oro quedó en la capital del Turia, como recuerdo de una fecha significativa en la carrera de Rafael Molina Lagartijo y que hoy se expone en el Museo Taurino de la capital valenciana. 

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