Ponce triunfa vestido de Ponce

El torero valenciano abre la Puerta de los Califas con una faena en la que volvió a mostrar las características de su tauromaquia

Cayetano corta una oreja y Finito, doble ovación

Enrique Ponce toreo con la derecha a su segundo, al que desorejó.
Enrique Ponce toreo con la derecha a su segundo, al que desorejó. / Reportaje Gráfico: José Martínez
Salvador Giménez

28 de mayo 2017 - 08:02

Tarde extraña la vivida ayer en la plaza de toros de Los Califas. El sábado de feria siempre fue un día festivo en el coso de Ciudad Jardín. Primero porque el público acudía en masa a los tendidos. La terna actuante daba igual, la plaza siempre registraba una magnifica entrada. Luego ese público, mayormente espectador ocasional y poco aficionado, se mostraba condescendiente con lo que acontecía en el albero y quellas tardes sabatinas se convertían en tardes donde el triunfalismo se apoderaba del ambiente. También hay que dejar claro que en aquellas tardes se vivieron otras cosas que si serán recordadas por su importancia, por lo que aquellos sabados feriados eran el flotador que muchos años salvaban economicámente el abono ferial.

Ayer la plaza estaba extraña. De entrada, ese público festivo y alegre que acudía esta jornada brilló por su ausencia. Mucho sillón carmesí quedó visible, cuando no hace mucho la plaza registraba magnificas entradas. Luego el público asistente estuvo frío. Le costó entrar en la corrida. Tal vez pesó en el ambiente el mal juego del primer encierro. Lo cierto es que el ánimo no era el de otras veces.

Los toros enviados por Juan Pedro Domecq, sin ser un dechado de virtudes, tuvieron un juego que permitió en cierta media el lucimiento de los espadas actuantes. Pecaron de lo mismo que el resto de la cabaña brava; no hay que olvidar que esta ganadería es madre de casí todas las demás. Es decir, de falta de movilidad y casta. Por contra, tuvieron nobleza y mientras su poca raza se lo permitió tuvieron alguna embestida potable. Lo malo es que a medida que la lidia se desarrollaba, se iban apagando poco a poco, quedando todo a medias e inconcluso.

A estas alturas no vamos a descubrir a Enrique Ponce, vestido ayer de marfil y oro. Posiblemente el torero con más oficio del escalafón. Esto, unido a una cabeza privilegiada y a su conocimiento de los toros a que se mide, jamás defrauda a nadie. Ponce, a sus veintisiete años de alternativa, es el triunfador de esta exigua y breve feria. ¿Qué fue lo que hizo Ponce? Nada novedoso respecto a lo que tiene acostumbrados a los aficionados. Ponce es capaz de sacar agua de un pozo sin fondo. Ayer en Córdoba lo demostró una vez más, y van...

En su primero estuvo en Ponce; es decir, fácil, correcto, pulcro y desplegando unos conocimientos máximos. La poca duración de su oponente y la frialdad del público hizo que solo pudiera saludar desde el tercio. El triunfo vino en su segundo. Ya lo recibió de forma inusual con una larga cambiada de rodillas en el tercio, para continuar a la verónica saliéndose hacia los medios. Ajustado quite por chicuelinas que el público aplaudió. Brindó su trasteo a Juan Serrano y comenzó el despliegue de toda la tauromaquia poncista. Trasteo largo y de mucho empaque, donde su personal toreo brilló como en las mejores ocasiones. Faena en su linea habitual que conectó con unos tendidos que se le entregaron mediado el trasteo. Remató con alardes, ora erguido, ora genuflexo, todo revestido con su elegancia y luminosidad. Una estocada trasera y desprendida acabó con el toro y un público enardecido pidió el doble trofeo para el torero de Chiva, que la presidencia concedió. Habra quien discuta el triunfo de ayer en Córdoba. Tal vez aquello tuvo más de plasticidad que de profundidad, pero a estas alturas negar a Ponce el pan y la sal es algo baladí. Ponce fue, es y será siempre así. Y que vengan muchos como él.

Finito de Córdoba, de azul marino y oro, toreaba ayer su primer festejo del año. Algo que se antoja injusto. Finito tiene empaque y torería para vestir muchos carteles. Su forma de ser le ha llevado a estar fuera del circuito hoy establecido. Dispuesto a más no poder. Capoteó con gusto a sus dos toros, con algún lance a la verónica, así como una media, dignas de cualquier disciplina de las artes plásticas. En su primero, que brindó a su padre, cuajó un trasteo con prestancia, donde cuajó muletazos por ambos pitones de gran belleza y profundidad. Pronto se apagó el de Juan Pedro y, unido al mal uso del acero, le privó de costas mayores. En su segundo se repitió el guion. Chispazos sueltos, detalles, disposición y ganas de agradar al tendido, pero el toro duro apenas dos tandas y así es imposible. No obstante de sus manos salieron los muletazos más profundos de la tarde y de la feria.

Cayetano, de azul pavo y oro, volvía a Córdoba tras algunos años de ausencia. Sus buenas actuaciones en Sevilla y Jerez hicieron despetar alguna expectación, por lo que hubo público, especialmente femenino, que le aplaudió a la más minimo. Cierto es que el menor de los Rivera estuvo muy dispuesto durante toda la tarde, pero su labor pecó de falta de ajuste en líneas generales. Manejó el capote con soltura en ambos toros. A su primero le instrumentó una faena larga, donde hubo mas cantidad que calidad. Su segundo, un sobrero de Parladé, le permitió realizar una faena, brindada a Julio Benítez, que tuvo cierto calado en los tendidos, destacando el toreo al natural. Una estocada arriba tumbó al de Parladé y cortó una oreja, tal vez demasiado benévola.

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